El incesante zumbido del congelador comenzó a interrumpirse, como una radio mal
sintonizada. Sobre la puerta blanca, una pequeña luz ámbar acababa de encenderse.
Debajo, una desgastada pegatina advertía: “Descongelar cada seis meses evita la
aparición de fauna criogénica”. El aparato empezó a pitar.
En el salón, Lucy no apartó los ojos de su libro. Acomodada en un sillón junto a la
ventana, devoraba las páginas una tras otra. Los hielos del té helado ya se habían
derretido. Benjamin, su hijo menor, levantó la mirada de su Nintendo Switch.
—Mamá, el horno está sonando.
Lucy asintió vagamente, pasando de página. Benjamin continuó jugando con el
pitido de fondo.
—¿Mamá? El bizcocho.
—Pues avisa a tu hermana o ve a mirarlo tú.
El niño resopló. Esperó un poco antes de llamar a su hermana.
—¡Bianca! ¡Bianca, el horno!
Nadie contestó. Lucy chasqueó la lengua, cerró el libro y se puso de pie.
—Lo único que tienes que hacer es encender la luz y mirarlo, cariño —dijo con un
leve deje de impaciencia.
Dio un sorbo a su té no helado y se dirigió hacia la cocina. Antes de que alcanzara la
puerta del salón, el sonido de la alarma se volvió más agudo.
RRRGGGGHHHRRRUAHHH. El rugido hizo que Lucy se detuviera en seco.
—¡¿Mamá?! —preguntó Benjamin.
Lucy salió corriendo al pasillo. En la entrada de la cocina, el suelo estaba cubierto de
agua. El congelador estaba abierto. Vacío. El niño se asomó por detrás de su madre.
Le brillaban los ojos.
—¿Es un gélido, mami?
—¡Mierda!
—¿De qué nivel?
—¡Joder! ¡No sé, pero hay que derretirlo antes de que se haga más grande! ¡Bianca!
Benji, tráeme el móvil. ¡BIANCA, VEN AHORA MISMO!
El niño corrió al salón y regresó con el teléfono. Lucy llamó a mantenimiento. Se oyó
un golpe en la cocina y vieron caer al suelo el microondas.
—¿Voy a por el soplete, mamá? ¿Puedo usarlo yo?
—¡No! Joder, ¡BIANCAAAA! Ah, sí, buenas tardes. Tengo una emergencia… sí,
perdone, Lucy Fowler.
Bianca, la hija mayor, llegó bajando las escaleras. Tenía el móvil en la mano.
—¿Pero qué pasa? ¡Te dije que iba a hacer una videollamada con John!
—¡Tenemos un gélido! —exclamó su hermano.
—¡Ve a por el soplete, ya! —le ordenó su madre—. Sí, disculpe… ¿cuánto tardarán?
¿Veinte minutos? ¡Mierda!
Bianca desapareció y volvió con el soplete en la mano. Lucy se miró las chanclas y
recordó que debía ponerse calzado adecuado, pero no tenía tiempo.
—Quedaros detrás de mí.
Madre e hijos se aproximaron a la puerta de la cocina. En el interior, una criatura de
hielo de metro y medio intentaba arrancar el lavavajillas. Se giró hacia ellos y rugió
palmeándose el pecho con dos enormes puños deformes. Lucy miró el ridículo
soplete.
—Mierda. Vamos a necesitar el lanzallamas.
—¡Guaaau! ¿En serio, mami? ¡Mis amigos van a flipar!
Lucy marcó el número de su marido mientras retrocedía. El gélido avanzaba hasta
ellos, goteando a su paso.
—¿Cariño? Necesito que me digas la contraseña del lanzallamas. Sí. Pues no. Yo
también pensaba eso. ¡Fred, no es momento de discutir! ¡El bicho ya es más grande
que Benji!
El horno empezó a pitar y el monstruo se giró buscando el origen del sonido. Lucy
aprovechó aquel instante para entrar corriendo y dirigirse al lavadero. Introdujo la
contraseña en la caja fuerte, sacó el lanzallamas y se colocó las bombonas de gas a la
espalda. Salió y encañonó al monstruo.
—¡Bianca, coge el extintor! ¡A la de tres, poneos a cubierto! Una, dos… ¡JODER!
La criatura se dirigía hacia ella con los brazos levantados. Las chanclas resbalaron
sobre el suelo mojado y se cayó de culo.
—¡¡TRES!!
El arma escupió una llamarada que no tardó en derretir al gélido. Cinco minutos
después, lo único que quedaba de él era un charco gigante a sus pies y la encimera
calcinada.
—¿Estáis bien?
Bianca asintió mientras apagaba el fuego residual con el extintor. Benjamin
retransmitía en directo con su teléfono.
—¡Y así es como se derrota a un gélido nivel cuatro!
—¿Nivel cuatro? El seguro solo cubre hasta el nivel tres —se lamentó Lucy. Abrió el
horno y echó un vistazo—. Al menos el bizcocho no se ha quemado.







