Miranda acaba de cumplir veintisiete años y le toca organizar un festejo por todo lo alto. Tiene
una familia grande –énfasis en lo de grande– con tradiciones particulares y muy arraigadas. Para
los Martidecos, cumplir años no es motivo para que lo celebren a uno, sino que es la oportunidad
de demostrar que se es más sabio, más fuerte, más creativo, más pudiente, más todo.
Esto es algo que siempre le ha jodido la existencia. Su primera fiesta de cumpleaños fue, de
hecho, a los doce; antes no le había dado la gana de celebrarlo. Veía a todos sus amigos siendo
consentidos al hacerse mayores, mientras que para ella era el día más tenso del año, y se sentía
horrible. Es cierto que con el tiempo fue entendiendo el significado, pero no por eso dejaba de
ser un dolor en el culo.
El del año pasado terminó siendo un viaje a un parque de atracciones para cincuenta y dos
personas. Había ahorrado lo suficiente para alquilar un par de buses y pagarles la entrada a
todos. Su novio hizo que aquel día fuera de sol radiante y brisa fresca, sin una nube gris en el
horizonte y sin tantos visitantes. Ella se enfadó un poco con él porque se supone que no debía
recibir ayuda de nadie más, aunque según él no cantaba tanto.
“¿Qué no canta tanto?”, le preguntó mientras esperaban su turno para subirse a la montaña
rusa. “Toda la semana ha pasado lloviendo y justo hoy se pone soleado y con una temperatura
ideal”.
“El tiempo es muy variable, cariño”, dijo Dios muy sonriente, acomodándose sus gafas. “Y la
probabilidad de que hoy estuviera así era del 12.4%”, añadió.
“¿Y cuál era la probabilidad de que apenas vinieran pocas decenas de personas más al parque
más grande del país?”, preguntó inquisitiva, luego de sorber un poco de su granizado.
“0.01%”, respondió, sintiéndose un poco menos impune.
Miranda sintió que estaba viviendo el mejor día que podía haber soñado en su adolescencia: se
veía acompañada por sus seres queridos, montándose en atracciones que la llenaba de
adrenalina y comiendo todas las chuches habidas y por haber. Sin embargo, se sentía miserable;
por momentos breves, pero miserable. Tenía que estar pendiente de que todos estuvieran bien,
como si fuera profe de niños de primaria en una excursión a otra ciudad. Y su novio se volvía
una carga a ratos porque, casi sin quererlo, retrasaba al grupo mientras respondía
pacientemente las preguntas de sus tíos y negaba rotundamente las peticiones casi blasfemas
de sus primos más jóvenes.
“Pero ¿por qué no? Eres omnipotente”, le dijo uno.
“Yo jamás he dicho eso. Además, no es que no pueda, pero hacer que aparezcan unicornios
escupefuegos en todos los países del mundo sería… caótico”, le respondió. Al ver la cara de
decepción de aquel niño, Dios suspiró y le sacó una moneda de detrás de su oreja. “No es un
unicornio, pero te alcanza para un helado.”
Sin mucho más percance, aquel día llegó a su fin. Miranda se dio un baño de una hora, mientras
su chico lavaba los trastes y apenas pudieron, se tiraron en la cama. Haciendo balance, con una
mueca simulando una sonrisa, ella pensó que fue un cumpleaños horrible muy bien celebrado.
“Lo hiciste muy bien. Estoy orgulloso de ti, y estoy seguro de que ellos también”, le dijo mientras
le acariciaba la cabeza.
“Amo a mi familia”, dijo ella, “pero odio esto”, añadió. “¿Está mal? ¿Estoy mal?”
“No está mal sentir odio. Es algo natural”, le respondió con ternura. “Solo que es importante
entenderlo y no dejar que nos haga más daño, ni a nosotros ni al prójimo. Esto último es súúúper
importante según mis creyentes”, añadió para suavizar el ambiente con humor sano.
“¿Qué debo hacer entonces?”, preguntó.
“Lo que te haga feliz”.
La idea para el cumple de este año es precisamente eso: que ella sea feliz. Por algún motivo que
no le sentó bien a Dios por su inexplicable miedo escénico, la felicidad para ella es una
interpretación de su obra de teatro favorita, La musa y el general, sobre una diva de Hollywood
que se enamora de un militar despiadado, en una sala de variedades de su ciudad.
Ella haría de musa, claramente, y su novio, de militar.







