Fue sin querer, giré en redondo sin ver ningún coche. Frené porque se me cruzó un perro y sonó un ruido horroroso. Lo siguiente que recuerdo: vidrios, tubos y bultos irreconocibles, un revoltijo huyendo por los huecos. Vi fluidos rojos, huesos y escuché gritos; solo se me ocurrió correr, con dolor en el pie izquierdo, pero sin ser consciente del peligro. Busqué quién supiese ir por pleno centro del pueblo en dirección consultorio.
Por fin un hombre me llevó, no donde yo le pedí, sino directo donde el forense. El muerto en mi choque me reconoció, y gritó, y me dijo de todo menos bonito, pero yo no pude oírlo, en mis oídos solo entró un ruido, otro, otro… el choque repitiéndose en mi mente no me permitió responder.
Estoy en el juicio; no hubo testigos, no entiendo cómo es ese pueblo perdido entre bosques en el que no viven seres vivos: de dónde se supone que llegó el muerto, y el perro, y el señor que me llevó donde el forense y qué se me perdió en ese momento, de qué fui huyendo.
Si podré dormir sin sueños y sin oír ruidos que no existen, lo ignoro. Mi mente se quedó en ese sitio y ese momento. Que el perro consiguió huir de su destino y, desde entonces oigo cómo me sigue, dormido o despierto, es un hecho. No lo miro, no le doy de comer, no quiero entender qué pretende… pero me sigue, creyendo que me debe devoción. No puedo conmigo mismo, menos con un chucho que se me cruzó en el peor momento.







