La veladora | Sandy Manrique
Una llama débil y amarillenta alumbraba la casa de Doña Candela. Hacía tiempo que mantenía esa veladora viva. Tenerla representaba la certeza de saber que un día vería a su hija cruzar el vestíbulo, disculpándose por no haberse reportado y la madre resistiría el impulso de abofetearla, la guardaría entre sus brazos para nunca más dejarla ir.
Dicen que los fantasmas andan agitados. Hay noches que se alborozan, echan a correr por la carretera buscando llegar hasta los culpables, para acusarlos, asegurarse que todo mundo sepa de sus desvaríos, su insensibilidad ante tanta gente que terminó representándoles una molestia.
Había salido a la luz que cientos de fragmentos de huesos reposaban en el Rancho Izaguirre de la localidad de Teuchitlán. Los restos, que se negaban a quedarse callados, eran acompañados de un rimero de ropa y zapatos que les pertenecieron cuando vivían. Las imágenes se le revuelven en la mente a Doña Candela y le descomponen el estómago. La noticia la ha asaltado mientras disponía en un plato unos huevos revueltos a la mexicana y frijoles refritos
La veladora en esta casa ha estado encendida desde hace años. El pábilo se ha vencido, pero la señora se ha encargado de reforzarlo, tiene fe de que va a suceder un milagro, por ello asiste a la iglesia cada fin de semana y forma parte del grupo de Madres Buscadoras.
Esta mañana el gobierno ha abierto las puertas del rancho donde habita la fosa clandestina. Las madres han llegado preparadas, entre ellas va doña Candela, con su vela en la mano derecha, cuidando que no se apague.
La llama de la veladora casi se extingue cuando las reciben diciendo que la fiscalía ha retirado toda evidencia del lugar, no existe una sola prenda que puedan reconocer, que las conecten con su ser perdido. Doña Candela se endurece aún más cuando un periodista, sin atisbo de pena, le pregunta si de casualidad ella sabe en dónde fueron disueltos los cuerpos.
Entonces, mientras se mueve hacia la salida como autómata, el llanto de Candela se ha soltado sin prisa ni descanso. Después de todo, sus lágrimas han sofocado el fuego de su veladora, que con tanta fe mantenía viva.
Luego de unos días, Doña Candela se ha animado a salir de casa para visitar el
camposanto, llega ahí cuando el sol apenas se asoma en
el cielo. Sus pasos renuncian al camino de concreto, hundiéndose en la tierra lodosa para sentirse más cerca de las ánimas.
Se tomó el día entero para leer y releer los epitafios en las tumbas. El lugar había empezado a llenarse de penumbras cuando supo que había elegido el sepulcro correcto, una fosa resguardada por la sombra de un cedro, perteneciente a alguien que había nacido en el mismo año que su hija.
El dolor le ha hecho rotular encima el nombre de su hija. Darle santo reposo, aunque pronto los deudos afectados retiren el nombre falso y lo releguen a un bote de basura.
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