Enrique Gómez

Me acuerdo

Me acuerdo, como si los tuviera delante, de dos babis que me hizo mi madre para ir a la escuela. Ambos eran de rayas, uno las tenía marrones y otro azules. Recuerdo que con ellos aprendí a pasar vergüenza. (Esa época me resultó la más horrible vivida hasta entonces).

Me acuerdo del primer negro que vi. Fue en la Plaza de los Coches, en Arjona. Yo empecé a gritar muy alto: ¡Un negro! ¡Un negro!… para avisar.

Me acuerdo de las sopas de Avecrem con fideos ‘cabello de ángel’. También me acuerdo de la ‘sopa de letras’. 

Me acuerdo del papel higiénico Elefante, que era muy recio y nada absorbente (funcionaba mucho mejor el ABC hecho cachitos).

Me acuerdo de cuando, en los coches, los niños nos apretujábamos en el suelo de atrás mientras pasábamos por un control de la Guardia Civil, que empezaba a ponerse pesada con eso de que no fuéramos nueve o diez viajando en el mismo vehículo.

Me acuerdo de la primera vez que me enamoré. Fue de una niña de Sevilla que, como yo, pasaba el verano en Arjona. No me miró ni una vez en los dos meses. También recuerdo que no quedó rencor y al verano siguiente me enamoré de otra.

Me acuerdo de la segunda vez que me enamoré. Esta era de Madrid y me dijo que vivía en ‘Serrano esquina Goya’. (A mí me recordaba al barrio naranja del Monopoly, pero no se lo dije).

Me acuerdo de cuando la leche venía en bolsas de plástico que se metían en una jarra. Me acuerdo de cuando los Tetrabrik eran piramidales.

Me acuerdo de cuando rezaba todas las noches porque no me quería morir y le pedía a Dios que me dejara vivir hasta los cuarenta años. (Quería llegar a viejo).

Me acuerdo de mi primer beso con lengua y de lo difícil y milimétrico que me resultó aquello. Le estuve dando muchas vueltas al asunto, preguntándome si realmente merecía la pena tanto esfuerzo.

Me acuerdo de los bolis BYC de color gris, que eran más baratos que los ‘cristal’ y los ‘naranja’ y hacían pelotones de tinta en la punta cuando escribías con ellos.

Me acuerdo de lo torpe que he sido siempre desabrochando sujetadores.

Me acuerdo de la primera vez que compré condones. Recuerdo que tuve que tirar la caja, sin desprecintar, cuando caducaron.

Me acuerdo de cuando me juré no volver a tocar un escaparate y, si lo hacía, le daba permiso a Dios para que me fulminara con un rayo. Ahora nunca toco escaparates, ni ventanas, ni pantallas de ordenador, por si Dios existe y el contrato verbal sigue vigente.

Me acuerdo de las antenas de coche larguísimas, que se curvaban para ensartarlas en un enganche trasero. A mí me parecía ‘el no va más’ de la modernidad y el buen estilo.

Me acuerdo del “sin haberlo preparado, me ha salido un pareado”.

Me acuerdo de que una vez quise a una mujer que siempre me regalaba el último premio Planeta por mi cumpleaños.

Me acuerdo de cuando los domingos por la tarde se visitaba a parientes lejanos de los padres (tipo primos segundos y cosas de esas).

Me acuerdo de que me creía un niño especial porque, en la calle, era capaz de pasear con mis padres toda la tarde sin pisar ninguna junta de baldosas.

Me acuerdo de la primera vez que vi una muerta. (Era la madre de las telefonistas de mi pueblo).

Me acuerdo del delfín Flipper y los guardas navegando en barcas propulsadas por ventiladores gigantescos. También me acuerdo de Daktari y de Clarence, el león bizco.

Me acuerdo de cuando tardaba dos horas en hacer la digestión, justo cuando más me apetecía meterme en el agua.

Me acuerdo de los perritos ‘siseñor’ en las bandejas traseras de los coches.

Me acuerdo del último día que me emborraché a lo gordo.

Me acuerdo de la peor racha de mi infancia. Primero fue Walt Disney (que lo enterraron en cubitos de hielo, creía yo), luego Enid Blyton (que tuvo una muerte más digna) y luego Locomotoro (que, para colmo, fue mentira). A mí no me daba el cuerpo para sufrir tanto. ¿Quién iba a ser el siguiente? Llegué a estar terriblemente preocupado por el feo de los hermanos Calatrava.