Más allá del umbral

Andrés García

Nunca acepté la idea de una vida después de la muerte. La existencia, para mí, era una colección de momentos finitos, culminando irrevocablemente en el negro absoluto del no ser. Así que cuando sentí el impacto brutal de la bala perforando mi pecho, desgarrando el tejido de la realidad, me resigné al vacío, a la desintegración, al olvido.

Entonces, todo se detuvo. El dolor, el ruido, el caos de la vida. Esperaba la oscuridad, un desierto eterno, la nada absoluta, todos aquellos pensamientos con los que había transitado por la vida. Pero no fue así. Una luz suave y sin origen, que no era un resplandor divino ni las llamas del infierno, me envolvió por entero.

 Me hallé en algún lugar completamente distinto. No era nada parecido a lo que la religión, la mitología o el ateísmo describen. No había ángeles ni juicios, menos aún familiares esperando con los brazos abiertos, pero tampoco la “nada” estaba presente. Me descubrí en un campo vasto, infinito, donde las definiciones se desvanecían. El aire lleno de una calma que nunca había percibido, un silencio que no era la ausencia del sonido, sino una melodía suave, que se entretejía con el tiempo..

«Esto debe ser un sueño», me dije, intentando contener el pánico que burbujeaba en mi garganta. «Una última broma de un cerebro moribundo.» Pero a medida que los segundos se extendían en eternidades, la ilusión no se disipaba. Estaba en pie, completamente consciente, en un lugar que no podía existir según todo lo aprendido.

Exploré este no-lugar, guiado por un impulso insondable. El terreno bajo mis pies oscilaba entre lo sólido y lo fluido, como si cada paso redefiniera la realidad misma. No existían caminos ni señales, solo una inmensidad que parecía tanto encerrarme como invitarme a avanzar.

 Fue entonces cuando observé a una figura que se acercaba desde la distancia, moviéndose hacia mí con una gracia que desafiaba cualquier forma de entendimiento. No tuve miedo, sino una curiosidad abrumadora. «¿Quién eres?», quise preguntar, pero las palabras no salieron. No necesitaban salir. La figura sonrió, una expresión que conocía pero no podía recordar de dónde.

La figura finalmente habló, su voz una amalgama de ecos. «No estás aquí para entender, sino para ser.»

Aquellas palabras, en vez de ofrecer consuelo, sembraron un caos en mí. ¿Ser qué? ¿Cómo podía simplemente ser, cuando todo lo que conocía había sido desmantelado?

A medida que avanzaba hacia la figura, el entorno cambiaba. Con cada paso, pintaba mi huella en ese gran lienzo, y en cada huella crecía un recuerdo, un recuerdo de vidas pasadas desplegando escenarios que bordeaban la comprensión. Me vi a mí mismo en millones de sitios que se movían en la espiral eterna del tiempo.

 «Estás aquí para aprender que el fin es solo un principio», continuó la figura, su voz ahora un susurro que llenaba todo el entorno.

Miré hacia atrás, buscando el eco de mi existencia, pero solo encontré el silencio de lo desconocido. La bala había interrumpido mi camino terrenal, inaugurando una travesía indescifrable. En este espacio, las nociones previas se disuelven. Cada paso es un susurro en el vasto vacío, un sendero que se extiende.

A lo lejos, un punto iridiscente me llama. Al acercarme, observo siluetas cruzando el umbral brillante. Avanzo con cuidado… el vacío me atrapa.