Estelas de luz | Lil Fernández
Tania decidió salir de Cancún. Tenía más de dos años de no tomar vacaciones. Ser la astrónoma encargada del Planetario Ka´Yok´ le resultaba agotador.
Las actividades de observación en el domo durante las noches y las madrugadas le eran cada vez más pesadas: eclipses, constelaciones, los anillos de Saturno, etc. Lo que antes la entusiasmaba, ahora le parecía una carga. Siento que llevo la bóveda celeste sobre la espalda.
La semana anterior, estuvo especialmente nerviosa y preocupada por una filtración en la sala de su casa. Un plomero tuvo que destrozar el piso de una regadera de la planta alta, hasta encontrar la tubería fracturada. Todo se había llenado polvo y ruido. Ruidos contundentes y molestos. No como las ondas de radio que emiten las estrellas, los planetas o los agujeros negros. Ruidos que, años atrás, ella escuchaba atentamente en el Instituto de Astronomía de la UNAM. Ahora, el único ruido que apenas toleraba era el de la gotera, porque sonaba como el “bip, bip, bip” de los púlsares.
Por eso, decidió pasar una semana entera en Holbox. Se hospedó en una casita rústica cerca de Punta Mosquito. La tranquilidad de la pequeña isla, sin los grandes hoteles y el tráfico, le parecieron el lugar ideal para relajarse.
Jacinto Kanek era taxista. Manejaba uno de tantos carritos de golf que recorren las calles sin pavimento de la pequeña isla. Tania le mandaba mensajes a su celular para que pasara por ella. A veces la llevaba al centro, para las compras, o a Punta Cocos a asolearse. En los trayectos, ambos iban callados. Por eso Tania prefería esperarlo a él, antes que tomar otro taxi y tener que conversar con los choferes.
Un día se rompió el silencio. Durante el trayecto, Jacinto respondió la llamada de su esposa:
—Julia, compréndeme. Estos días no ha habido mucho pasaje. Dile al doctor que espere, que operaremos al niño hasta la semana que entra.
Tania sacó de su bolso tres billetes y se los entregó.
—No, señito, no lo puedo aceptar. Es mucho dinero.
—Anda, opera a tu niño —le dijo Tania mientras se bajaba del carrito. A Jacinto se le humedecieron los ojos.
La última noche, él pasó por ella para llevarla al centro.
—Señito, antes quiero hacerle un regalo, como agradecimiento. ¿Me lo permite?
Ella accedió. Él la llevó a la playa.
—Vamos a tener que dejar aquí en el carro los celulares y las cosas, señito. No se apure, aquí nada se pierde. Deje también sus chanclas.
Tania lo siguió. No había luna. A medida que avanzaban alejándose de las casas, la oscuridad se apoderó del paisaje. De pronto, ella ni siquiera podía ver bien a Jacinto, le parecía casi un fantasma.
Empezó a ponerse nerviosa porque el agua ya le cubría las pantorrillas. No sabía si caminaban hacia mar adentro o si seguían por la orilla. Solo las estrellas parecían orientarla. Luego de un rato, volvieron a caminar sobre arena seca.
Perdió la noción del tiempo y Jacinto seguía adelante, pero ella se negaba a hablar. Debería preguntarle a dónde vamos, debería pedirle que regresemos, debería decirle que estoy cansada, que tengo miedo.
Entonces, chocó con Jacinto.
—Ya llegamos, señito. Es aquí. Este es mi regalo por su bondad —le dijo tomándola de los hombros para ayudarla a girarse hasta quedar frente al mar—. Ahora solo a esperar. Ya casi va a llover.
Se quedaron en silencio. Ella miró al horizonte hasta que ocurrió el milagro: A medida que caían las gotas de lluvia, el mar se empezó a iluminar. Todo adquirió un intenso brillo azul verdoso fosforescente, como si millones de luciérnagas cubrieran el océano.
—Se llama bioluminiscencia —dijo Jacinto —, espero le guste.
Tania quedó impactada con la luz que se creaba con la lluvia. Recordó haber sentido esa misma fascinación la primera vez que observó la vía láctea. En ese momento decidí ser astrónoma.
Dejó de llover. De nuevo, todo estaba oscuro. Ella fue hacia el mar, se hincó, agitó los brazos en el agua y vio cómo sus manos creaban estelas de luz.
—¡Gracias, Jacinto! Has hecho realidad un sueño que tenía desde que era niña: tocar las estrellas.
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