Escenas de caza | Enrique Gómez
Traje azul marino de corte clásico, camisa blanca, corbata oscura, zapatos Oxford negros. Emilio iba impecable, aunque su atuendo de consultor chirriaba en aquella discoteca. Agazapado en el rincón más oscuro de la barra, intentaba fundirse con las sombras.
El día había sido un maratón: un vuelo de madrugada, café tras café, reunión tras reunión con cada área del cliente: fábrica, comercial, finanzas… La peor, la última, con los representantes de los trabajadores. Mañana tendría que defender ante el comité de dirección unas recomendaciones que no gustarían a nadie. A las once de la noche, un taxi lo recogió para llevarlo al hotel. Se derrumbó en el asiento y apoyó la cabeza en la ventanilla.
A pesar de su juventud, la firma para la que trabajaba confiaba plenamente en él, quizá más que él mismo. Su informe contenía conclusiones robustas; sin embargo, la responsabilidad le pesaba. Necesitaba un whisky. O tal vez dos. Pidió al taxista que lo dejara en una discoteca que vio por el camino. Tras un rato, no muy largo, apuró su segunda copa e iba a retirarse.
—¿Vendes seguros? ¿Cuánto me costaría uno? —le dijo una chica, sonriente y con aspecto aniñado, que estaba sentada junto a él.
Se rehízo al instante y entró en el juego. Adoptó una pose cómica: un vendedor de seguros en mala racha que había ido allí para buscar clientes. A ella le divirtió y jugaron a intercambiar ocurrencias. Sintió que se le había arreglado la noche, la idea de hacer sexo borró todas sus tribulaciones. Estaba a punto de invitarla al hotel cuando ella se le adelantó.
—Vámonos de aquí —dijo la chica, a la vez que soltaba un billete de los grandes encima de la barra.
Emilio quiso pagar, pero ella lo asió de la muñeca y tiró de él, arrastrándolo con urgencia entre la gente. Si no fuera por el vigor del deseo, habría pensado que era una situación ridícula que acabaría metiéndolo en un lío. Pero su mente analítica se había tomado la noche libre.
Subieron a un taxi que encontraron en la puerta. Emilio iba a decir la dirección del hotel, aunque ella, de nuevo, fue más rápida.
—A los Caireles —ordenó al taxista—. Me llamo Rocío —le dijo a Emilio. ⎯Mi padre me va a matar ⎯murmuró finalmente, esta vez, para sí misma⎯.
—¿Dónde está tu padre? —Emilio había pasado de la complacencia a la alerta máxima—.
—Durmiendo, supongo. Me tiene puesto un guardaespaldas al que acabamos de dejar tirado, aprovechando que ha ido a los lavabos.
Al entrar en los Caireles, el ánimo de Emilio se desinfló. El tugurio estaba repleto de gente de apariencia turbia, sin embargo, lo peor estaba en la tarima: un cantaor y un guitarrista, ambos de negro, buscando carnaza entre el público femenino, como rapaces al acecho.
Tras el cante, la situación se torció aún más. Los buitres se acercaron a la mesa donde estaba la pareja y se sentaron como si fuera la suya. Entonces se estableció una especie de orden natural: el cantaor se impuso como macho alfa, el guitarrista servía manzanillas, Rocío bebía y reía, encantada de su conversación con el flamenco, mientras Emilio, en silencio, pagaba.
Harto de aquel despropósito, Emilio recuperó la lucidez y evaluó los hechos con frialdad. Sin más opciones, se levantó y se despidió de todos con la intención de irse al hotel. Para su sorpresa ⎯y disgusto manifiesto de los flamencos—, Rocío decidió acompañarlo. Nuevo subidón para Emilio: sus esperanzas renacían.
Salieron del local a toda prisa: los artistas estaban furiosos y la situación se ponía fea. En la calle, el vagón de montaña rusa en el que Emilio llevaba subido toda la noche descarriló por completo. Allí, esperándolos, estaba el guardaespaldas, con peor talante aún que los que quedaron dentro.
Hay momentos para argumentar y otros para discutir; ante la duda, lo mejor es huir y arrepentirse después. Eso hizo Emilio, que lo entendió inmediatamente y salió corriendo sin despedirse de Rocío.
Llegó a su habitación, se desplomó en la cama y, gracias al alcohol acumulado, cayó dormido enseguida. Pero, quizá por culpa de ello, tuvo una pesadilla. Soñó que, a la mañana siguiente, lo recibía el presidente de la compañía; tras de él, estaba el guardaespaldas del que había huido en los Caireles.
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