El toro | Ana Patricia Martínez
En ese pueblo de Sinaloa ya ninguna joven estaba segura, a menos de que fuera fea. Y eso era raro por ahí.
La vida se había vuelto muy dura para los habitantes que siempre habían vivido tranquilos hasta que se aposentó un delincuente apodado el Toro en el rancho grande. Los que fueran rojos sembradíos de tomates dieron lugar a verdes plantíos de marihuana. No sólo cambió el paisaje pues el nuevo dueño trajo gente foránea a trabajar y éstos alteraban la paz del lugar.
Esos hombres se embriagaban en las cantinas trayendo desorden y pleitos. Hasta balazos que causaban heridos y muertos eran ya el pan de cada día. Esto sucedía al amparo de la ley pues tenían comprados a los policías. Después de cometer algún delito corrían por el monte oscuro y así se resguardaban. Tenían centinelas apostados en la cima que no permitían el paso a extraños.
Ellos eran los encargados de proveer de muchachitas al Toro y eran bien recompensados. Cuando éstas desaparecían sólo se encontraban sus bolsos y celulares tirados en el pueblo. Él las usaba a su antojo y luego las devolvía a su familia ya muy dañadas. Otras morían en el intento de escapar.
Teseo Pérez temía que su novia Ariadna fuera raptada por su curvilínea figura y sus ojos azules enmarcados por largas pestañas. Sus padres la cuidaban mucho y solamente salía acompañada de su hermano Juan o de su enamorado quienes iban siempre armados.
Aún así, la pareja elaboró un plan: si ella era secuestrada la localizarían por medio de un tag que traía escondido en su zapato para rescatarla antes de que fuera ultrajada. Eso les daba cierta tranquilidad.
Pero llegó el día tan temido. Al salir de misa de siete, abatieron a su hermano y se la llevaron. Todo se volvió un caos de gritos y desesperación. El atrio manchado con la sangre de Juan clamaba justicia. Teseo fue avisado por una llamada de la madre llorando la muerte de su hijo y alarmada por el secuestro de Ariadna. Sabía que confiaba en él para rescatarla.
No había tiempo que perder pues el cielo se oscurecía rápidamente haciendo el rescate más difícil. Sería una noche de luna nueva por lo que la negrura jugaría en su contra. El joven era muy valiente y no le importó que nadie quiso acompañarlo, tal era el terror que esa gente había sembrado.
Sin tardanza comenzó a trepar por el cerro que tan bien conocía desde su niñez y en el que había pasado muchas noches acampando. Angustiado por lo que pudiera suceder a la jovencita a quien tanto amaba, avanzaba velozmente. Sabía que no lo esperarían por el lado más escarpado por ser muy peligroso. Teseo conocía bien ese camino y llegó hasta la cumbre sigilosamente encargándose de dos guardias sin ningún problema. Ya estaba adentro y, aunque el rancho era un intrincado laberinto de patios y salones, pudo localizar el dormitorio del Toro que ya se disponía a abusar de la joven.
Abrió la puerta de un balazo a la chapa y, tomando por sorpresa al capo, lo mató. Agarró la mano de su amada y la guio hasta un lugar seguro en el monte. Ahí vieron pasar a los guardias y, uno a uno, Teseo los fue asesinando.
Varias horas después fueron recibidos con vítores por la gente. La policía federal había acudido al pedido de ayuda de los pobladores. Los agentes del pueblo fueron detenidos y gracias al arrojado joven, el pueblo volvió a su antigua paz.
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