El décimo cumpleaños | Ana Fortuny
En el segundo graderío de la plaza de toros de Axisco, Joaquín ha clavado los ojos en el animal desorientado que mira a su alrededor y que vaga perdido sobre el rastro de sangre que ha caído de su lomo. “Te llevaré al mejor espectáculo del pueblo…”, le dijo su padre la noche anterior, “celebraremos tu décimo cumpleaños con la muleta del Relámpago Méndez, el más codiciado de la región”.
Y hoy están ahí, sobre unas gradas que crujen y que aguantan por puro milagro el peso de la gente. Toro y torero, a pocos metros, en un ruedo de país emulador, de pueblo que quisiera ser grande, pero que no puede y se conforma con hacer copias baratas y a menor escala de catedrales, de plazas de toros y estatuas de Minerva.
El tiempo se estanca cuando los minutos son crueles. Joaquín se pellizca la mano izquierda para sentir el dolor ahí y no en los ojos que se han colmado de agua. Sabe que media gota más derramará el cauce sobre sus mejillas y no podrá limpiarse porque un movimiento así, llamará la atención de su padre. En su mente, tan solo ahí, salta la barda para quitarle al toro las varas de picar. Suplica al torero que no lo mate en el preciso instante en que este da la última estocada y un chorro de sangre sale a borbotones. La arena se salpica. Joaquín huele la sangre, la siente como si saliera de él. El animal se retuerce, patalea y bufa en agonía. Queda inmóvil. Un vaho se desprende de su cuerpo. El público aplaude, grita y pide dos orejas para el torero. Campeón era el nombre del animal. Joaquín quiere saber qué pasará con él, con el cuero, con la carne, con la cabeza. ¿Se lo comerá alguien? ¿Lo tirarán al barranco? Pero no pregunta nada. Sabe que debe sonreír y aplaudir como lo hace su padre y responder “Sí, papá, me gustó. Te agradezco el regalo.”
Últimos relatos







