´Ángel Climent

De vuelta a casa

—Le estamos muy agradecidos, doctor —dijo el padre—. Sabíamos de sus éxitos y estábamos seguros de que lo lograría. ¿No es verdad, amor? —le preguntó a su esposa.

—Sí, estábamos seguros. —Recogió el bolso de encima de la mesa y, emocionada, preguntó—: Entonces, si le ha dado de alta, ¿cuándo lo podremos llevar a casa?

—Lo tendremos una semana más, mientras arreglamos los papeles; el lunes que viene, ya pueden venir a buscarlo, y llevárselo a casa. Le haremos un seguimiento durante un tiempo: empezaremos con una visita mensual, luego trimestral y, finalmente, anual. Si en cinco años no hay ninguna recaída, le daremos el alta total. Cuando vengan a buscarlo, mi secretaria les tendrá preparado un sobre con las instrucciones y con la última factura.

La madre, antes de salir del despacho, se acerca al hijo y, mientras lo abraza, le dice:

—Lo sabía; tenía toda mi confianza puesta en ti. Además, no he dejado de pedirle al Señor que te recuperaras: lo lograste, campeón.

—Repito: estamos muy agradecidos, doctor; nos vemos el lunes —expresó el padre levantándose y acercándose a su hijo, para pasarle la mano por el pelo y decirle—: Lo conseguiste… la semana que viene, en casa.

El hijo agachó la cabeza, recibiendo la caricia del padre. El doctor abrió la puerta; les ofreció la mano para que se la estrecharan y salieran del despacho, mientras les recordaba que se verían el lunes, insistiendo en que no se olvidaran del dinero para pagar la factura.

Una vez que se marcharon los padres, el médico llamó a la enfermera y dio órdenes de que acompañara a Jesús a la habitación. Ella le puso el brazo en el hombro, y lo acompañó a un diminuto cuarto. Mientras cerraba la puerta con llave, le recordó que en media hora pasaría a buscarlo para ir a comer.

Una vez dentro, esperó un par de minutos para cerciorarse de que la enfermera se había alejado. Se acercó a un estante que le servía de librería y cogió el libro Alicia en el país de las maravillas; sacó una foto que estaba escondida entre la camisa y la tapa: era la foto de la fiesta del último cumpleaños que había celebrado en su casa. Delante de una pared blanca adornada con globos y con el número doce, estaban sus padres, sus abuelos, él y su amigo, al que nadie parecía verlo.

Se sentó en la cama y empezó a hablar con su inseparable compañero, como hacían siempre que estaban solos:

 —Hola. 

—…

—Todo ha ido como lo habíamos planeado. He seguido tus indicaciones, y el doctor ha caído de cuatro patas en la trampa.

—…

—Tenías razón al decir que, si disimulaba y hacia lo que él esperaba, acabaría dándome de alta. Lo ha hecho.

—…

 —Hemos tenido que pasar cerca de tres años, encerrados, aquí dentro; atiborrándome de pastillas, hasta que nos dimos cuenta de que con estas me dormían; acertamos con la decisión de esconderlas debajo de la lengua, y tirarlas al wáter cuando se fueran.

—…

—Y qué decir de las duchas, a manguerazos, de agua fría cada dos por tres, con la excusa de que “me enfriaban el cerebro caliente e inflamado”, para infundir miedo y domar “mi impetuosa voluntad”… palabras del medicucho ese. Y, para colmo de males, el tratamiento por electroshock: una placa en cada lado de la cabeza y a joderte mientras te fríen las neuronas.

—…

Sí, era culpa de ese cabronazo; tú también te fijaste en que, mientras me las daban, el “Doctor Frankenstein” se frotaba la bragueta y le crecía el paquete. Para mí que le va el “sado” y seguro que lo practica con “Doña Perfecta”, esa enfermera enana que disfruta dando hostias a más de un paciente.

—…

—Sí, ahora tenemos que pensar cómo, más tarde o más temprano, haremos pagar a ese matasanos lo que nos ha hecho sufrir: no sabes lo que te espera, doctor de chichinabo, pero vayamos por partes: todo llegará. Ahora hay que pensar que el lunes volvemos a casa.