La pieza más valiosa
Ana Fortuny
En cinco segundos se abrió aquel universo. Vi sus ojos. Él vio los míos. Los orbes se ataron. No dejé de verlo. No dejó de verme. Pero debíamos aparentar que no lo hacíamos. Que mirábamos un cuadro en la pared, o que buscábamos a otra persona que andaba entre la multitud. Le sonreí. Mis labios no se movieron un milímetro, pero sonreían, de la misma forma que los suyos. La explicación es nula, innecesaria. Ambos vimos la sonrisa del otro, en breves destellos, esos que abren compuertas, que encienden hogueras. O que parten las aguas; porque el Mar Rojo se abrió y nos dejó pasar. La brevedad fue eterna, pero los segundos acabaron. Sin embargo, en ese efímero lapso, el gong de Carmina Burana me sacudió entera. El metal resonó con toda su potencia y apenas pude sostenerme en pie. “Pon atención”, me decían las notas, “que se te va, y tal vez no lo verás de nuevo”. Caí, en el abismo de…
O Fortuna
velut luna
statu variabilis…
Las sílabas se repiten en mi cabeza, giran en el caracol de mis oídos. Son un estandarte que se agita en la batalla final. Sé que él escuchó su propia música, la que yo le evoqué, pero no sabré cuál. Me hubiera gustado que escuchara El Bolero de Ravel, “ta-ta-tan, ta-ta-tan, ta-ta-ta-ta-ta-tan”, con el tambor que marca el ritmo de forma precisa. Pero puedo estar perdida. Tal vez lo que escuchó no sea de mi agrado, una pieza country, o podría ser una pieza desconocida, o algo contemporáneo que valdría la pena, como Truman Sleeps, de Philip Glass. ¿Qué música fugaz habré sido para él?
Quiero desandar los pasos, aunque sea para verlo de lejos. Pero no lo hago, y su ausencia me deja una corriente serena. De Orff, las notas pasan a Satie, con sus Gymnopedies. En medio de las notas hay un sonido de lluvia, intercalado; y es que llueve afuera del teatro. Veo a través de la ventana. La gente se dispersa. Bajo las gradas viendo la alfombra. Llego a la salida y atravieso la puerta. Me aguarda una noche oscura. La llovizna no es muy fuerte, así que opto por no abrir el paraguas. Mojarme será un pequeño castigo por no haber proferido algunas palabras, un “con permiso” o “qué buen concierto” que llevaran a una contestación. A escuchar de vuelta su voz, porque la voz también toca las fibras y complementa la mirada. Me quedé con una de las piezas, la más valiosa. La que no se olvida.







