Amor y odio en el Ulster

Pedro Muelas

Muchos años después, en su casa de Estepona, Cara O´Donnel todavía recordaba su ciudad natal en Irlanda del Norte. En aquellos tiempos, Cara trabajaba en una de las fábricas de camisas de la ciudad, junto con otras chicas católicas. Al terminar su turno, iba con sus amigas al pub, donde tocaban el violín y cantaban. Fue en ese bar donde conoció a Declan, un gendarme del lado protestante de la ciudad. 

Al principio, era alguien con el que hablar un poco en el bar, pero la idea de verlo a solas fue creciendo en ella con cada encuentro. Cuando le pidió una cita, se le pasaron por la cabeza mil motivos para rechazarlo. Y otras mil formas de hacerlo sin que se sintiera herido. Al final, su corazón pudo más, y aceptó. 

En Derry los conocían y no querían llamar la atención, así que viajaron en el tren hasta Castlerock. Fueron en el mismo coche, pero en asientos separados. Cuando llegaron a su destino, se alejaron de la estación como si no se conocieran. Conforme dejaban atrás a la gente, iban acercándose, hasta que sus manos se cogieron y se miraron sonriendo. Era una preciosa mañana de verano, por lo que fueron a la playa. Buscaron un rincón apartado donde poder estar solos, y se sentaron en la arena.

—Ayer nos pasó algo gracioso en el trabajo —comentó él—, vino un hombre a la comisaría de la Gendarmería y no le entendíamos nada porque solo hablaba gaélico. Al final, el tipo se marchó enfadado. A saber lo que quería…

—¿Y qué tiene de gracioso? —le preguntó soltando su mano—. Está en Irlanda, ¿por qué no puede hablar en su lengua?

—Yo no sabía que significase tanto para ti.

—Pues ya lo sabes; además, me he apuntado a clases de gaélico en el centro cultural.

—No te enfades conmigo; solo soy un tonto chico unionista. Podría apuntarme yo también.

—¿Estás loco? —le dijo ella sonriendo—. Te harías un nudo en la lengua si intentases hablar otra cosa que no sea inglés.

—Seguro que tú me ayudarías a desenredarla.

—¿Y cómo iba yo a hacer eso, Declan Campbell?

—Supongo que así.

Los dos jóvenes se miraron en silencio, y él se acercó poco a poco. Ella cerró los ojos, y no se apartó; la besó por primera vez.

—No te creas que te he perdonado, pero besas mejor de lo que esperaba. Puede ser que me piense hacerlo.

—¿Hacer qué?

—Eres idiota, ¿lo sabías?

Después de haber pasado el día juntos, volvieron a la estación de tren cogidos de la mano. Conforme se iban acercando, eran más y más conscientes de que debían separarse. No lo hicieron. Llegaron juntos a la estación, y se sentaron juntos en el tren. Durante el viaje se fijó en otro pasajero. Era Joe, un vecino al que le había dado calabazas en el último San Patricio. Pensó en sus amigas: ellas lo entenderían. La próxima vez que fuesen al pub, lo presentaría. Tal vez podían ir a la Calzada de los Gigantes en el coche de Declan.  En Derry, su valor flaqueó; se soltaron de la mano, y se despidieron con la mirada sin atreverse a hablar. 

***

Declan madrugó al día siguiente con una sonrisa de oreja a oreja. Pensaba en cómo cambiarían las cosas en el futuro, en las personas que aceptarían que tuviese una novia católica, en la gente que dejaría de hablarle. Ninguna de esas cosas le importaba; era feliz, y los que lo querían tendrían que aceptarlo o irse de su vida. Se despidió de su madre, y salió a la calle para montar en el coche. Una de las figuras del jardín estaba movida; se preguntó quién lo había hecho. Sintió el frío metal de una pistola en su nuca, y la oscuridad lo envolvió.