Sonó el teléfono. Sofia y Mía se miraron al mismo tiempo. “La alarma de la casa de mis papás”. Nada más. Palabras que les helaron la sangre.
Colgaron y marcaron de inmediato. Una vez, dos, tres. Nada. Ninguno contestó. El tono seguía y seguía, burlándose del silencio del otro lado.
“Vámonos” dijo Mía agarrando las llaves del auto. “Va” —contestó Sofía con una voz fuerte.
En el camino no hablaron. Cada semáforo en rojo era una eternidad. Cada hipótesis era peor que la anterior. ¿Y si alguien entró? ¿Y si los amarraron? ¿Y si les hicieron algo?
Llegaron. La patrulla ya estaba ahí.
—¿Son ustedes las hijas?
—Sí, contestaron las dos a la vez.
—¿Nos autorizan a entrar?
Mía asintió. La garganta no le daba para emitir palabra.
La puerta se abrió. Sus rostros eran un mapa. Ojos abiertos, respiración corta, manos apretadas. Se imaginaban lo peor. Los policías les dijeron que esperaran afueran mientras ellos inspeccionaban la casa. Revisaron sala, recámaras, baños. Nada. Nadie. Hasta que llegaron a la cocina. La puerta al garage estaba abierta de par en par. Fue esa puerta la que detonó la alarma. Los dos autos seguían en la cochera. Llamaron a Max, su perro, pero tampoco salió. Eran las once de la noche. Imposible que lo hubieran sacado a pasear.
¿Alguien vio algo? Preguntaron a los vecinos. Cabezas negaron. Nadie. Solo un señor de enfrente dijo, rascándose la oreja: “escuché un ruido muy fuerte. Tan fuerte que hasta me ensordeció. Me asomé y no vi nada. Pensé que había sido en otra calle”.
La policía las miró y les preguntó:
—¿Quieren levantar un acta de desaparición?
Sofía y Mía se tomaron de la mano y respondieron: Primero vamos a llamar a sus amigos. A los hospitales. Si no aparecen, la pondremos. Gracias.
Se fueron los policías. Llamaron a todos. Nada. Nadie sabía. Ningún hospital los tenía.
Entonces Mía dijo lo que ambas pensaban: “No hemos checado el taller de papá”. Salieron corriendo. El taller estaba en la otra calle. La puerta se abrió fácilmente. Entraron con el corazón en la boca. Y ahí estaban… sus celulares, tirados en el piso; como si los hubieran soltado de golpe. Pero, ellos no.
Levantaron la vista. Y se les fue el aire.
En el techo del taller había una oquedad enorme. Perfecta. Redonda. Como si alguien la hubiera quemado desde arriba. Como si un rayo láser la hubiera atravesado.
Se miraron, sin palabras; solo con esa incredulidad que congela y quema al mismo tiempo. ¿Qué …qué habrá pasado? Susurró Mía con una débil voz.






