Cuando el último todoterreno de Protección Civil abandonó el aparcamiento, Carmen bajó
la persiana del local hasta la mitad, mientras la lluvia golpeaba el alféizar y el agua que
entraba por la puerta formaba regueros entre las huellas de barro.
Tomás seguía junto a la mesa, ante una pila de chalecos reflectantes que cogía uno por
uno para comprobar las cremalleras y extenderlos después sobre las sillas. Algunos
todavía conservaban ramitas enganchadas al velcro.
Carmen abrió una bolsa de basura.
—Están empapados.
Sin levantar la vista, Tomás despegó una tira de cinta naranja adherida a uno de los
hombros.
—Por eso.
Colocó el chaleco sobre el respaldo, con la parte reflectante hacia fuera, y Carmen,
después de dejar caer la bolsa, acercó dos sillas más al radiador para separar los que aún
goteaban.
En la pared permanecían los mapas, con los caminos trazados con rotulador deshechos
por el agua y el papel rasgado alrededor de algunas chinchetas. Debajo, la hoja de turnos
del día siguiente estaba atravesada por una línea roja. Junto a ella, el cartel con la
fotografía seguía sujeto por una sola esquina; la humedad había combado el plástico y
borrado dos cifras del teléfono de Tomás. Cuando Carmen levantó la mano hacia el cartel,
Tomás sacó una chincheta del corcho y aseguró el borde desprendido.
Ella se volvió hacia los vasos de cartón. En algunos, el café se había convertido en un
poso frío; otros seguían llenos. Fue vertiendo el contenido en el fregadero y aplastándolos
con ambas manos mientras Tomás abría la caja de las linternas, las encendía una por una
y cambiaba las pilas de dos. Después de limpiar el barro acumulado alrededor de los
interruptores, las dejó alineadas sobre la mesa, todas orientadas hacia la puerta.
Carmen aplastó el último vaso, se acercó a la caja y empezó a bajar la tapa, pero Tomás
la sostuvo antes de que encajara. Ella volvió a dejarla abierta y recogió los silbatos que
quedaban sobre la mesa.
Continuaron sin hablar: Carmen desenredaba los cordones de los silbatos y él los
enrollaba antes de colocarlos junto a las linternas; ella vaciaba los termos y Tomás
enroscaba los tapones. Al encontrar un walkie-talkie con la carcasa rota, Carmen lo dejó
junto a la basura, pero él lo recogió, encajó las dos mitades y las sujetó con cinta aislante.
Uno de los silbatos rodó debajo de la mesa y ambos lo siguieron con la mirada, aunque
ninguno se agachó. Tomás acabó acercándolo con la punta de la bota y, al recogerlo, tuvo
que apoyarse en una silla para incorporarse. Permaneció unos segundos con la mano
sobre el respaldo antes de enrollar el cordón.
En una esquina quedaban tres cajas de bocadillos, con el pan reblandecido y la humedad
transparentando el cartón. Carmen las apiló junto a la puerta.
—Esto no sirve.
Tomás contó los bocadillos.
—Son treinta y seis.
Carmen esperó con las manos debajo de la última caja. Él abrió la tapa, presionó uno de
los panes con dos dedos y volvió a dejarlo dentro; solo entonces ella se la llevó.
Tomás recogió las hojas de inscripción, donde casi todos los nombres aparecían
tachados, y repasó con el índice la lista de aquel día. En la última página quedaba una
firma sin tachar.
La mirada de Carmen se detuvo en el chaleco que Tomás aún llevaba puesto. Él llevó los
dedos hasta la cremallera, pero antes de bajarla alineó los bordes de las hojas y las
golpeó dos veces contra la mesa. Cuando ya no quedó nada más por ordenar, se lo quitó,
volvió a subir la cremallera hasta el cuello y dobló los lados hacia dentro. Tuvo que
repetirlo porque uno de los reflectantes había quedado torcido. Después de colocarlo
encima de los demás, tachó su nombre en la última página.
Esta vez, cuando Carmen cerró la caja, Tomás no la detuvo.
Apagaron los fluorescentes y ella bajó la persiana hasta el suelo antes de echar la llave.
Tomás esperó a que terminara y se metió las manos en los bolsillos.
La luz del porche quedó encendida.






