Cada nueva convocatoria pasa lo mismo. O casi, si tenemos en cuenta que el tiempo desvirtúa en gran medida la mayoría de los eventos. Por supuesto, los recuerdos no forman parte de la excepción. La semana que viene, con motivo del cuarenta aniversario de que finalizamos el bachillerato, nos reuniremos la clase de nuestro grupo. Hay algo que no suele airearse en estos encuentros nuestros porque quedamos en evidencia.
El colegio era religioso, aunque no todos los docentes lo eran. Precisamente uno de los seglares se hizo bastante impopular entre nosotros. Cabezaseca era intransigente y parecía tener una batalla particular contra todos los adolescentes. Seguramente reflejo de su vivencia con sus hijos porque siempre los nombraba para confirmar sus afirmaciones contra nosotros.
Tuvimos varios intentos contra él para hacerle comprender que no llevaba razón. Al menos siempre. En una ocasión quedamos para sabotearle uno de sus exámenes. Nunca confesaremos cómo, pero conseguimos las preguntas con la antelación suficiente para que todos las pudiésemos preparar. Es más, hicimos un examen colectivo para que pudiéramos tener las mismas respuestas. Aunque nos salió muy bien la operación, la lógica vino a romper esa magia. En lugar de los resultados nos presentó un examen distinto de sorpresa. Decir que fue difícil es quedarse corto. Lo suspendimos. Al parecer el director le presionó y volvió a repetirlo. Esta vez sí, con resultados reales. Más o menos lo que esperábamos.
Igual nos pasamos un poco cuando fuimos capaces de echarle un líquido, aparentemente inodora. Se le plantó un enjambre de abejas en la chaqueta. Hasta la reina se vino con él. Al parecer, habían colonizado la prenda como su nueva colmena. Todavía nos preguntamos cómo resultó ileso, sin ninguna picadura. Él dijo algo como “Esto no va a quedar así”. Nunca supimos a qué se refería. Con toda probabilidad le hicieron desistir el resto de sus compañeros porque ese mismo día oímos una fuerte discusión en el claustro de los profesores.
Nosotros tampoco cedimos en nuestro empeño y lo volvimos a intentar. Nos iba a tocar su asignatura en la primera hora de la mañana, con lo cual hicimos una puesta en escena dedicada especialmente para él. Quisimos dejarle una sorpresita en el cajón del escritorio. Para ello tuvimos que asegurarnos que lo iba a abrir. Eso era algo muy sencillo. Vaciamos de tiza la pizarra y sus alrededores. Por narices tenía que abrirlo para sacar un paquete nuevo de gis. Se aproximaba la hora del comienzo de la clase, luego todos permanecíamos expectantes.
Estábamos muy impacientes, era muy puntual, pero venía con retraso. No admitía a quien llegase después de él. De pronto, se nos presentó en el aula el padre Arroyo, que debería darnos religión después. Nos explicó que adelantaba su materia ya que Cabezaseca se encontraba enfermo, tenía vértigos. Le tocaba explicarnos la alianza de Dios con el pueblo judío del Éxodo. Miraba a un sitio y a otro buscando gis para escribir en la pizarra. Le ofrecimos salir a la sala de profesores a pedirla para que no anduviera trasteando en el escritorio. Pero él se lanzó a abrir cajones. El primero, vacío. El segundo, vacío. El tercero… “Vaya charcutería… mejor quédate dentro, no sea que te vayas a enfriar”, dijo en voz bien alta mientras abría un paquete de tiza encontrado allí. Quedamos avergonzados, pero continuamos con el tema.
Hoy día no se nos ocurriría poner un calendario de una chica desnuda. Primero, porque nos costaría conseguirlo. Segundo, porque a nadie le impresionaría algo así. Sin embargo, a aquel profesor le habría sacado los colores amén de acarrearle varios padrenuestros de penitencia. Aunque no era religioso, sí un meapilas ligado al rosario.
Lo que sale a relucir en cada una de las reuniones es lo cabronazo que era y de todas las putadas que nos hizo. A las primeras de canto, nos dejaba en evidencia sin esfuerzo. Nos sacaba al encerado para humillarnos a la mínima oportunidad.
Y su gran error, que fue volver al aula sin haberse recuperado de los vértigos. Coreamos a distintas voces, él se agarró de los oídos y terminó en el suelo. Se lo llevó una ambulancia. Ese recuerdo permanecerá eternamente.






