“Tic tac, tic tac, sabes perfectamente de quien estoy hablando, nací en Suiza soy uno de tantas marcas. Sólo vinimos a marcar el tiempo que nunca se detiene, acumulamos huellas a quienes nos sostienen”.
Durante años llevé aquel reloj en el bolsillo izquierdo de la chaqueta, lo sacaba cuando dudaba, cuando necesitaba escuchar un sonido conocido, nunca me importó la hora; quería escuchar la única voz que no había olvidado, la de mi padre que me lo había heredado en vida y decía: los relojes no debían ir donde quedan más cómodos, sino donde pudieran escuchar el corazón. Cuando me lo entregó, sin decir una palabra entendí que no heredaba un reloj, sino una forma de seguir caminando a su lado.
El tiempo paso, mi hijo se convirtió en padre, tuvo un varón, cuando cumplió quince años se lo heredé en vida, compartiendo el sentimentalismo de llevarlo en el lado izquierdo, lo empeño para hacer un viaje.
Un desconocido entra a la casa de empeño, mientras el empleado buscaba en las vitrinas algo llamó su atención. Era un reloj de bolsillo, la plata había perdido lustre.
-¿Funciona ?preguntó.
El hombre lo acercó a su oído.
-Sigue latiendo.
No dijo “funciona”. Dijo “late”. Esa palabra bastó para que cambiara de opinión. Lo abrió.
El segundero avanzaba con una serenidad que contrastaba con el ruido de la calle. Pensó en todas las manos que lo habían sostenido antes de las suyas, alguien lo había olvidado, alguien lo había llevado cerca del corazón durante años, o alguien se había visto obligado a desprenderse de él.
Se preguntó qué clase de necesidad pesa más que un recuerdo, lo compró sin regatear. Durante el camino a casa no dejó de abrir la tapa, había algo hipnótico en aquel tic tac, no marcaba únicamente la hora, parecía insistir en que el tiempo sigue su marcha aún cuando el quería detenerse.
Ésa noche descubrío que se adelantaba siete minutos, pensó llevarlo al relojero para corregir el defecto. Nunca lo hizo.
Con el paso de los meses empezó a organizar su vida según esos siete minutos prestados. Llegaba antes a su cita al trabajo, a la estación del tren. Más de una vez perdió una
oportunidad por culpa de aquel pequeño error. Fue gracias a esos siete minutos que conoció a Elena.
Ella esperaba el autobús cuando él ya estaba allí, creyendo que llegaba justo a tiempo. Se saludaron durante semanas antes de atreverse a conversar. Después vino el café, las Caminatas, una vida compartida que ninguno de los dos había previsto.
En su décimo aniversario decidió regalarle el reloj contándole todo lo que sabía de el, y sobre todo que de no ser por esa compra, nunca la hubiera conocido.
-Todavía late, contesta Elena. Era la misma palabra que había escuchado años atrás en la
casa de empeño.
Después se preguntó ¿qué habría pasado? de no ser por aquel adelanto. Nunca averiguó quien lo había empeñado. Tampoco quiso hacerlo.
Hay objetos que llegan cargados de silencios tal vez sea mejor respetarlos, basta con aceptar que alguna historia terminó para que otra pudiera comenzar.






