El joyero abrió el cajón, sacó la bandeja y la puso sobre la mesa. Con sumo cuidado, cogió el anillo y se lo mostró al muchacho.
—Tiene muy buen ojo, señor, esta pieza es una maravilla. A simple vista puede parecer un anillo clásico, pero observe de cerca la delicadeza de su arquitectura. Está forjado en oro amarillo de dieciocho quilates. Lo más hermoso es su diseño. Como ve, el anillo se divide en dos pequeñas volutas esculpidas con forma de pétalos, inspirados en la flor del cerezo, que parecen sostener la piedra de forma natural. En el corazón de la pieza descansa un diamante redondo de un quilate y seis milímetros y medio de diámetro, exquisitamente tallado. Está sujeto por cuatro garras casi invisibles.
—Me lo quedo. ¿Es posible grabarle una inscripción?
—Por supuesto, caballero. ¿Qué quiere ponerle?
—“Para siempre”.
El joyero guardó el anillo en una caja de terciopelo azul oscuro y lo dejó apartado. A la mañana siguiente, el joven regresó a la joyería para llevárselo. El anillo permaneció dentro de su estuche hasta que el muchacho abrió la caja delante de su prometida, en una cabina de noria detenida en el punto más alto, mientras las luces de la ciudad brillaban a sus pies.
Ella dijo que sí, se lo puso y la pareja bajó de la noria. La chica extendía el brazo cada dos por tres para admirar cómo el diamante capturaba la luz de las farolas. A la salida de la feria, un ladrón los encañonó con su pistola antes de alcanzar la calle principal.
—¡El dinero y las joyas, rápido!
La joven empezó a sollozar.
—¡Cállate, estúpida, o te reviento la cabeza!
El chico se interpuso entre el arma y su futura esposa. El ladrón, asustado por aquel movimiento repentino, apretó el gatillo casi sin querer. El muchacho cayó muerto en un charco creciente de sangre y ella se desplomó sobre él, llorando histéricamente.
El delincuente guardó la pistola. Registró primero el cuerpo hasta encontrar la cartera y después, ignorando los gritos de la joven, le arrancó el anillo del dedo. Huyó en la oscuridad levantando una nube de polvo a su paso.
Un día después, el ladrón entró en una tienda de empeños para vender el anillo. El prestamista estudió el objeto con detenimiento y se lo compró al atracador por bastante menos de lo que costaba. Cuando el hombre salió del establecimiento, lo limpió y lo colocó en una de las bandejas expuestas en el mostrador. Con un precio significativamente mayor al que habían pagado por él.
Una semana más tarde, el anillo fue comprado por un hombre de traje elegante y caro. El prestamista deslizó la caja sobre el mostrador, el hombre la abrió y observó el diamante unos segundos.
—¿Le gusta?
—Mi mujer se merece algo bonito.
El hombre miró la pantalla de su teléfono y vio tres llamadas perdidas de un número que no tenía guardado.
—Sí, se merece algo bonito.
Esa misma noche, durante una cena a la luz de las velas, el hombre le entregó el anillo a su esposa. Ella sonrió al descubrir la inscripción en el reverso y besó a su marido apasionadamente.
La mujer presumió del regalo delante de sus familiares y de sus amigas durante los días posteriores. Una noche recibió un mensaje de su hermana pidiéndole ayuda y citándola en el puerto. Cuando llegaron bajó del coche, pidió al chófer que la esperara y se dirigió hacia el muelle indicado. Una figura esbelta envuelta en una gabardina larga la esperaba allí.
—¿Qué pasa, Isabella? Me has dejado el susto en el cuerpo…
Su hermana no contestó. Sacó una pistola que relució a la luz de la luna y le disparó con ella. El sonido produjo eco en el malecón. La mujer se acercó al cadáver y lo miró con frialdad.
—Perdóname, pero él no tenía el valor necesario para dejarte.
Se agachó, le sacó el anillo de la mano y lo contempló. Reparó en las letras grabadas: “Para siempre”. Se quedó inmóvil un instante y después lo arrojó al mar. El brillo dorado se extinguió mucho antes de tocar el fondo.






