fbpx
⚠️ PROMO PRIMAVERA 2026 ⚠️ Accede a PREMIUM por solo 49,90€ 29,90€ ⚠️

Necesito la absolución | Iñaki Rangil Escudero

Perdóneme, padre, porque he pecado. La última vez que me confesé… Espere. No lo recuerdo. Estoy seguro de que fue hace mucho. No se sorprenda.

Tengo muchos pecados, pero solo voy a confesar aquellas acciones de las que me arrepiento. Sé que están mal algunas otras, sin embargo, mil veces volvería a hacerlas. Por favor, no frunza el ceño, déjeme terminar, ya tendrá ocasión de contradecirme.

Mire, el otro día acudió el señor alcalde al local donde trabajo. No pude reprimirme, escupí en cada uno de sus platos y en el arroz con leche que pidió de postre, le añadí otro ingrediente más. Aunque fueron tan solo unas gotas, creo que fueron las suficientes como para obligarle a que no se alejase mucho del señor Roca[1] en todo el resto del día, seguramente toda la noche y gran parte del día siguiente. Lo siento de veras porque seguramente hubo perjudicados.

También me arrepiento, no del hecho, sino de las consecuencias, de haber realizado unas pintadas. Por un pobre incauto al que le tocó borrarlas. Además, estuvieron expuestas tan poco tiempo que no sé si llegaron a llamar la atención tanto como me hubiese gustado.

Quisiera el perdón por echar pegamento a la cerradura de la comisaría del barrio poque retrasó más de una intervención ese día. En cambio, a mí me hicieron poco caso cuando lo necesité, tampoco deseaba eso.

De hecho, cada una de mis represalias se debe al desinterés con el que me han atendido cada vez que he querido denunciar aquello que viene mortificándome desde bien crío. Espere, quizá debería hacer referencia a esos episodios para que se haga una perfecta composición de la historia.

¿Por dónde comienzo? Ah sí. Contaba con tan solo siete años y, al igual que el resto de mis compañeros, acudí casi obligado a la catequesis para recibir la primera comunión. Fuimos todos en masa, muy contentos. No pasó mucho tiempo cuando dejó de agradarme. Desde luego dejé de ir con alegría. No me atrevía a contarles nada a mis padres por lo que comencé a disimular para que no se diesen cuenta. Queriendo restarle importancia me convencí de que se trataba de algún tipo de ritual y, aunque a disgusto, me callé, continué acudiendo y sufriéndolo.

La catequista que nos preparaba era una señora muy seria. Al finalizar, nos obligaba a quedarnos a unos pocos más allá de lo habitual. Yo siempre era uno de ellos. Cuando usted acudía para resolvernos dudas, una de las veces quise ponérselo en conocimiento porque era nuestro párroco. Lo recordará, ¿verdad, don Pascual? Usted simplemente se limitó a reiterar aquel perverso ritual. Además, añadió que, si algún día se me ocurriese contarlo, iría de patitas al infierno porque aquello que hacía yo era pecado mortal.

Ahí sí comenzó mi particular infierno. He vivido en él porque nunca me atreví a contarlo hasta que transcurrieron demasiados años. Para entonces, siendo ya un adulto, me dirigí para hablar con el alcalde que me dijo: la mente de los niños es algo caprichosa, nos juega malas pasadas y nos hace ver cosas que nunca ocurrieron, seguro que es producto de tu imaginación. En la comisaría me respondieron que no podían hacer nada ante delitos prescritos. En el obispado, simplemente ni me recibieron; además, la pintada que les hice y he comentado antes, la limpió el pobre diablo que estaba obligado a realizar trabajos sociales de castigo.

Comprenderá por qué quiero mi absolución de esos pecados. No del que viene ahora. Porque usted recibirá mi venganza por mi trauma y toda mi frustración. Por eso, esta mañana se ha dormido desayunando. Por eso mismo, cuando se ha despertado, lo ha hecho en un sitio desconocido, amarrado de pies a cabeza, sin ropa, cubierto por una piel que huele un tanto especial. También, por eso, está en esa posición: sus piernas cuelgan separadas amarradas a los pies del potril y el abdomen pegado a él. Por eso oye mugir a mi amigo que espera que le abra el toril. Él está excitado, hace rato que le ha percibido.

Antes de abrir el toril, absuélvame, padre. He pecado, pero prometo nunca más volver a hacerlo.

[1] Marca de sanitarios

Últimos relatos

El Arte de Escribir y la Emoción del Entretenimiento Scrivere, Sognare e Giocare Scrivere, Giocare e Sognare AviaMasters - Juega con Dinero Real en el Casino Online Chicken Road - Juega el Slot Online Penalty Shoot-Out Street - Juega con Dinero Real Plinko - Juega con Dinero Real