A ver, agente, por favor, déjeme que le explique. La historia parece un poco retorcida, pero la va a entender enseguida.
El caso es que todo viene de un tipo al que llaman Culebra. Tiene tantos tatuajes que su piel parece verde y arrastra las eses. Cuando habla sesea como si fuera una bibliotecaria pidiendo silencio. En plan: ‘sssshhhhh’, ¿entiende?
El caso es que Culebra es el mandamás en una banda, ¿sabe? Y Fernan, aquí mi colega, y yo tuvimos que ir a verle porque estábamos en una especie de lío. Él estaba en un solar sentado sobre los asientos que habían sacado de un coche, tirados junto a unas cajas de plástico y una pilas de escombros. Tenía una pinta… digamos que extraña, ¿vale? Achinaba los ojos y aspiraba un canuto tan en las últimas que la llama se le escondía entre los dedos. Cuando le explicamos qué nos pasaba, inhaló humo y nos dijo con esa voz raruna: «Assssí que queréissss entrar en la banda».
Fernan, como le digo aquí mi compañero, me miraba y estaba sudando. ¡Sí, tío sudabas, no me mires así! El caso es que daba un poco de cague. Había otros tipos con él. Los pantalones les colgaban por las rodillas, se abrochaban las camisas solo del cuello, como si se les hubiera olvidado abotonar el resto, y se cubrían muñecas y antebrazos con pañuelos anudados.
La cosa es que le dijimos al Culebra que queríamos entrar en el grupo. Se le veía que disfrutaba viéndonos suplicar. El tío, allí en plan misterioso, le sacó un poco más de humo al canuto y luego lo disparó con los dedos haciendo volar unas chispas pequeñiiiitas por el aire… La cosa es que se rio y nos enseñó los dientes. Los tenía incrustados en una especie de funda de oro. Supongo que por eso seseaba al hablar, yo que sé. El caso es que va y dice: «Tú, Mulo, exsssplícalesss qué tienen que hacer para entrar».
El tal Mulo debía ser uno de sus matones. Parecía pesar el doble que un búfalo y tener la mitad de su inteligencia en un día bueno. El pavo se
planta delante de nosotros y era como ver eclipsarse el sol. ¡Menudo gigante! Pues él nos dice: «El piloto nocturno», así con su bocarrón… unos labios que no le cabían en la cara, ¿se imagina?
Bueno, el tema. Cuando dijo eso del piloto nocturno, el resto de los tipos se puso a silbar y aplaudir y a hacer gestos de gánsters con las manos. Pero vamos, que nosotros no teníamos ni idea de qué estaban hablando. «Estos no saben de qué va», adivinó el del peso bovino. Y el Culebra se partía el culo. «Cuéntassselo, vamosss», le dijo, y nos explicó de qué iba aquello.
Sí, sí. En seguida lo va a entender. A ver, tenga en cuenta que estábamos desesperados porque nos quería atrapar un tipo al que llaman el Sapo, con los ojos todo saltones y una papada que no veas. Más que hablar, croaba, y nos había dicho que nos iba a partir las piernas por… ¡Sí, perdón, que me
lío!
Bueno, que el Mulo nos dijo que eso del piloto nocturno iba de conducir por la noche con las luces apagadas. ¡Fíjate tú, la movida! A los tíos estos les parecía lo más gracioso del mundo. La cosa, nos explicó el Mulo, es que nos íbamos a cruzar con otros coches y que en algún momento un conductor nos daría las luces para avisarnos. Rollo, de buen samaritano. El gigantón se reía mientras nos lo explicaba. Y el Culebra también. Nos decía: «Cuando esssso passsse, tenéissss que sssseguirlo. Pero ssseguirlo y acojanarlo, tíossss». Es que hablaba así, como le cuento. Y la cosa iba de conducir detrás de la gente, darles fogonazos con las luces y hacer que se cagaran encima, ¿a que sí Fernan? Sí bueno, como que no nos quedaba otra.
Vale, vale. Enseguida llego a lo del cuerpo desmembrado del maletero. Verá, hay un tío al que llamaban el Pollo. Peinaba una mohicana y al hablar le salían muchos gallos… ¡Menudo tiparraco! Pues la cosa es que el Pollo…






