Mi abuela Paca tenía un bar en la calle Teruel. En la puerta había una placa que decía Casa fundada en 1968, cuando sus padres abrieron el bar, y era famoso desde entonces por sus alitas de pollo. Yo iba al bar a hacer los deberes después del colegio hasta que mi madre cerraba la peluquería. Lo que más me gustaba era, a última hora de la tarde, entrar en la cocina a hurtadillas y comerme los churros que habían sobrado del desayuno y que mi abuela iba a tirar. Pero solo lo hacía cuando la cortina de canutillos de plástico verde estaba recogida en el gancho, porque si no me delataba con su ruido de sonajero y mi abuela me echaba la bronca.
—¡Estas alitas están deliciosas! ¿Cuál es su secreto, doña Paca? Mi abuela se reía y siempre contestaba lo mismo:
—El ingrediente secreto es el amor.
De todos los parroquianos del bar, recuerdo a uno muy guapo que solía pasarse la tarde jugando a la máquina tragaperras. Yo me sentaba en la mesa del fondo y le veía jugar y comer alitas. Entre bocado y bocado, con la salsa chorreando por su barbilla, me guiñaba un ojo y yo escondía la cara en mi cuaderno y me concentraba en mis ejercicios de ortografía.
Una tarde que me había colado en la cocina, apareció de repente y me pilló devorando media porra. Se acercó a mí y me colocó el pelo por detrás de las orejas. Después alisó los hombros de mi camiseta con las dos manos varias veces y, finalmente, con su dedo índice me dio un golpecito en la punta de la nariz.
—Si me ayudas a coger una botella que está ahí arriba no me chivaré a tu abuela.
Dije que sí con la cabeza y me cogió por la cintura. Me elevó por los aires y podía notar cómo el bajo de mi falda del colegio chocaba contra su cara.
—Esa no, la otra. La que tiene la etiqueta amarilla.
«Muy bien, buena chica» dijo cuando me dejó de nuevo en el suelo. Estaba tan cerca que podía ver los trozos de pollo que tenía entre los dientes. Se oyó el chasquido de la cortina y, de un salto, él desapareció por la puerta de atrás. Yo esperé unos segundos notando los golpes de mi corazón contra el pecho, por si me pillaba mi abuela. No apareció nadie, solo vi las hileras de canutillos meciéndose.
Al día siguiente todo siguió igual en el bar: yo hacía mis deberes y él comía sus alitas medio sentado en un taburete y echando monedas en la máquina.
—Sus alitas son la base de mi alimentación, doña Paca— dijo y se rio hasta atragantarse.
A los pocos días dejó de venir. Fueron un par de días sin el estridente soniquete de la tragaperras acompañando mis deberes. Al tercer día, cuando regresó, estaba más delgado.
—Doña Paca, una ración, a ver si me arregla el cuerpo.
Comió despacio. De vez en cuando se echaba la mano a la tripa, tosía y pedía otra cerveza. A duras penas se acabó las alitas y dejó todo lleno de servilletas manchadas de grasa.
Volvió a faltar unos días y, cuando entró de nuevo al bar, tenía la piel transparente, se le marcaban las venas y el hueso de la mandíbula.
—Doña Paca, a ver si me apaña con su ingrediente secreto.
—El ingrediente secreto es el amor— dijo mi abuela poniéndole el plato delante.
Sus dedos, hinchados y cubiertos de llagas, le temblaban mientras roía la comida. Al masticar se le veían las encías ennegrecidas. Me guiñó un ojo y me ofreció una alita.
—No, la niña cena en su casa— dijo mi abuela golpeándole la mano y haciendo que la alita se estrellase contra el suelo —. Y estas las he preparado especialmente para ti.
Después de ese día no le volví a ver.







