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El roce | Miguel Cócera

¿Cómo explicar la sensación que desarboló mi lucidez tras la revelación de aquella  enfermera? Estaba hablando de mi abuela. A mi lado, ella yacía tendida e inerte. Ella,  que captaba cada segundo, cada mirada y cada silencio prestado con precisión de  relojero; ella, siempre pendiente de todos nosotros, no escuchó aquellas palabras. Mi  yaya Josefina, “Pita” para sus amigas, dejaba de ser principio y fuente para convertirse  en niebla, una sombra desconocida.

Josefina había ingresado por enésima vez en el hospital de Móstoles, aquejada del  corazón.–Demasiado grande—decía el doctor, adivinando en las radiografías una  máquina agotada, mil veces golpeada por la desdicha. Nada sabía él, sin embargo, de la  dimensión vital de ese órgano, rebosante de una alegría cincelada con una férrea  voluntad, administrada entre gestos severos y sus tonadillas de siempre. 

En aquel box de hospital, bajo una luz fría y aséptica, intentaba protegerla de un tiempo  inexorable. Le derramaba una letanía de anécdotas: las andanzas con mi amiga Mari, la  última comida familiar que acabó por bulerías. Intercalaba mi propia serenata para  romper aquel triste silencio.

De ella y de mi madre aprendí el poder de sanación que reside en acompañar el silencio del alma con un sonido tenue. Canciones que se cosen a la piel, nuestra única medicina  para las soledades. –El roce hace el cariño niñas–, decía mi abuela entre sus cantos  mientras cocinaba o cosía.

Le susurraba mi inventario de afectos cuando una enfermera se acercó por detrás. Su  acento autoritario, teñido de una sospecha innecesaria, cortó el hilo de mi voz:

–¿Usted quién es? —¿Qué hace aquí? 

–Soy su nieta—respondí con sosiego mientras acariciaba los dedos de Josefina, como  quien postula una verdad universal, a salvo de cualquier infundio.

La enfermera hizo un ruido seco con la lengua mientras revisaba unos papeles. Me miró  por encima de las gafas, con gesto frío, y soltó a bocajarro:

–Lo dudo mucho. El informe clínico es meridiano: esta paciente no tiene antecedentes  de partos. No hay rastro de hijos en su cuerpo.

Se hizo un silencio denso, asfixiante. Aquella frase estaba borrando mi existencia de un  plumazo técnico; mis apellidos, mis recuerdos y las canciones de la infancia se

evaporaban en un instante vacío, atroz. Todo se quedaba en el aire, suspendido frente a  la frialdad de un diagnóstico que me convertía en una extraña.

Me revolví como una loba que olisquea el peligro para su camada. Ante mi mirada de  cólera, la mujer aplacó su aspereza y puntualizó, con un tono más empático, que la  radiografía no mostraba los signos óseos de un parto.

–La compañía le hace bien—añadió en un susurro al adivinar la ternura que traslucían  mis manos mientras albergaban las de la anciana. –Quédese si lo desea, la suben a planta en un rato—añadió antes de desaparecer.

Toda mi vida quedó en entredicho. Por mi mente desfilaron los gélidos atardeceres de  invierno con sus manzanas asadas, el olor de su colonia en el pasillo y un pasado que,  de repente, carecía de raíces.

Una bocanada de hielo me entumeció los sentidos: cuando los cimientos se desmoronan,  la habitación más barroca se vuelve una celda desnuda.

De pronto, la frase que mi abuela repetía en cada celebración familiar cobró un  significado insospechado, “El roce hace el cariño”. Cinco palabras que yo creía un axioma cotidiano, ahora se revelaban como una confesión oculta bajo la llave del  olvido. Quizás esa era la razón de su insistencia. Quizás esa realidad paralela,  sumergida, era la responsable de la sobrecarga sistólica que ahora la mataba. Ella se  merece algo más que una duda. A pesar de este vuelco surrealista, hay treinta años de  esa mujer en mis alegrías y mis fantasmas. Siempre estuvo ahí para todos. Cuando el  mundo parecía hundirse en el cieno, su abrazo era un puerto seguro, aunque ella  arrastrara un silencio insondable, un pesado secreto.

¿Qué queda cuando nada es lo que parece? No permitiré que un pasado desconocido  arrebate mis más dulces recuerdos. Su herencia no está en la genética de una  radiografía, sino en el roce diario que tejió mi vida. Lo más preciado de ella en mí nadie  podrá mancillarlo. Te quiero, abuela.

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