Mirtha Briñez

Desvelos

El saber que cada día que pasa es uno menos me desvela. A veces me atormentan algunos recuerdos (¿o debería llamarlos “sombras”,  ese lado oscuro que nos acompaña y que no compartimos con nadie?). Me desvelo haciéndole preguntas a mi sombra y contestándolas yo misma:  

―¿Hice lo correcto al prolongar la agonía de unos seres con tan poca esperanza?

―¿Tú qué crees?

―A veces me digo que sí; era mi trabajo y la única forma que conocía para mantenerlos con vida. Otras, me siento culpable del dolor que les provoqué, prolongando una vida sin calidad y con dolor.

―¿Para qué me preguntas, si sabes la respuesta?

―No puedo olvidar a aquella niña, cuyo nombre no recuerdo, suplicando a su madre: “Mamá, déjame morir… Estoy cansada”. La madre lloraba: ella también lo estaba. Yo me tragaba las lágrimas. La niña tenía razón

― Siempre fui juzgada como una mujer fría y desalmada. Nunca dije a nadie lo que sufría; solo Dios, la almohada (y, por supuesto tú, la prolongación de mi yo) lo sabían. 

―¿Sabes?, a veces lograste engañarme; yo también lo pensé. 

―Recuerdo las noches cuando rogaba al Creador que se los llevara o los sanara, en especial cuando eran niños. No entendí nunca por qué tenían que pasar por ese infierno en vida. Me peleaba con Dios, me declaraba atea y en rebeldía.

―Nunca has sido atea: siempre has creído en algo. Solo te servía para rebelarte y clamar por la eutanasia.

―No me negarás que la eutanasia sea la forma más digna de morir. ¿Por qué no dársela?

―¡Oh!, pero las religiones y las leyes obstaculizan un final digno, honorable. 

―Me consuela pensar que no siempre estuve equivocada: algunos tuvieron la oportunidad de dejar sus asuntos en regla antes de partir. 

―Consuélate: no todos partieron. Algunos sobrevivieron y dejaron descendencia.

―Espero que sus hijos sean normales; de lo contrario, todo habrá sido en vano.

―Me gusta más cuando te da por hablarme de tus aventuras. Hoy estás más oscura que yo.

― ¿Recuerdas esa sentencia que leímos una vez: “Nada puedo hacer para que lo que ha de morir muera, para que lo que ha de envejecer envejezca”? Entonces, supe que mi carrera había terminado. No más sufrimiento… algunas cosas son inevitables.

―Sí, pero no recuerdo en qué libro lo leímos. 

―No tiene importancia ahora. Cuando me tocó estar como el doliente, cometí los mismos errores: prolongar la agonía de mis seres queridos. Pero esta vez la decisión no fue mía. Esta vez sí pude pedirles que se fueran.

―Fue duro… lo recuerdo. 

―Creo que estoy envejeciendo. ¿Tú también envejeces?