Uriel Arechiga

Crimson Mannor

Jessica Hyde miraba el acantilado por la ventana de la carroza, desde donde podía ver el mar golpear furiosamente las rocas y también, por momentos, en la cima de la montaña, Crimson Mannor, su nuevo hogar. Todavía se sorprendía del giro que había tomado su vida.

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No había tenido una vida fácil: con solo 17 años, la mayor parte de su historia había estado marcada por las carencias y por la soledad en un orfanatorio, hasta hacía unos meses, por la mañana  cuando, regresando a su casa hogar después de haber hecho las compras en el mercado de Glasgow, había tropezado con un señor.

—¿Por qué no te fijas por dónde andas, niña? —le reprochó él mientras se sacudía la chaqueta.

—Lo siento, caballero —contestó Jessica mirando al suelo.

Él la tomó por la barbilla y levantó su cara. Cuando sus miradas se encontraron, pensó que se le salía el corazón: jamás se había sentido así. Era el hombre más guapo y elegante que había visto en su vida. Murmuró algo y salió corriendo al orfanatorio.

Esa misma tarde, la directora la mandó llamar a la sala de visitas. Al entrar, la vio sentada sonriendo arrobada al señor con el que había chocado; se quedó congelada. Le dijo: “¡Jessica! Chiquilla, no seas tímida, te quiero presentar a Lord Connor McLeod; quiere conocerte”.

De ahí en más, todo sucedió a una velocidad vertiginosa: los paseos con chaperones, los regalos y donativos al orfanatorio, con los cuales la directora, gustosa, otorgó su permiso para que Lord McLeod se casara con Jessica.

Ella no sabía nada sobre el matrimonio, y sus compañeras, unas preocupadas por su inocencia y otras tantas por pura envidia, le contaban hasta el más mínimo detalle de lo que iba pasar en su primera noche.

Pero no fue así: terminando la boda, Connor se adelantó a Crimson Mannor, la imponente mansión que tenía en los Highlands, para tener todo listo para su nueva esposa. 

Jessica pasó la primera noche de casada, sola en la cama, tratando de exorcizar los pensamientos sobre por qué a Connor se le habría pasado mencionarle el hecho de que era viudo.

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Por fin el carruaje se detuvo, y Jessica bajó frente a la escalinata de Crimson Mannor, donde estaba su esposo y todo el servicio formando una línea para recibirla. Connor se acercó; le dio un beso en la frente y le presentó a Hannah, el ama de llaves que se encargaría de servirla en todas sus necesidades.  Le dijo que tenia que trabajar, que se verían en la cena.

Esa noche, Jessica volvió a dormir sola y también los siguientes días. Cuando le preguntó a Connor   qué pasaba, este le contestó que estaba trabajando en un proyecto que quedaría listo para la próxima Luna llena y, después de eso, estarían juntos por siempre. Solo faltaban tres días

Al no tener otra cosa que hacer, paseando, entró a una enorme biblioteca que tenía, en la única pared libre, una pintura de la esposa anterior de Connor. Jessica casi se desmayó: parecía su hermana gemela. Sintió una mirada en su espalda y, al voltear, se encontró con Hannah, que le advirtió que era peligroso que estuviera en Crimson Mannor. 

La casa tenía vida y requería un cuerpo para poder habitarlo y vivir como el amor perenne de toda la dinastía McLeod.  Esa pintura que estaba viendo solo era la de la última de muchas mujeres muy parecidas que habían ocupado ese lugar durante generaciones. Los McLeod estaban malditos y tenían su destino unido a la mansión. En esos momentos, Connor estaba terminando los últimos detalles de la ceremonia de reemplazo de almas. Crimson Mannor ocuparía el cuerpo de Jessica, y Hannah rogaba a Dios que acogiera el alma solitaria de la inocente joven.

El terror invadió a Jessica: tenía que escapar. Lo haría esa misma noche. Como fuera. Durante la cena, Connor le preguntó por qué estaba tan rara, y ella, para cambiar el tema, dijo que no había visto en toda la tarde a Hannah.   “No te preocupes”, fue su respuesta.

A la medianoche, Jessica fue a las caballerizas. Pensaba que podía sobornar a un mozo para que la ayudara a escapar. Estaba muy oscuro, por lo que buscó un quinqué para iluminarse y, al abrir lo que parecía ser una alacena, el cuerpo de Hannah cayó frente a ella. Sus ojos vidriosos y la boca abierta en un grito silencioso eran evidencia de que había muerto con mucho dolor.

Salió corriendo en la oscuridad hacia el camino del acantilado, pero muy pronto vio que un jinete  se acercaba cabalgando cada vez más a ella. Era Connor. La alcanzó y le cortó el paso. Jessica lloraba histéricamente. Él le dijo que no tuviera miedo, que estaba a punto de inmortalizarse junto con la mansión; se acercó a abrazarla, pero ella lo empujó al momento en que caía un rayo y pudo ver cómo Connor caía hacia el precipicio estirando sus brazos hacia ella. No sabía que estaban tan cerca de la orilla. Por un microsegundo se sintió liberada y con esperanza, hasta sentir el agarre de él en su muñeca.

Estaba equivocada: la verdadera libertad era volar, aunque fuera por tan solo unos segundos, antes de que su cabeza se estrellara contra las rocas.