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Muerte en tres actos | Francisco M.G.

Gilberto Martín, con fama de político comprometido allá donde los haya, vio truncada su vida una tarde de domingo. La aparición de su cadáver, en mitad de un tórrido agosto, entre unos matorrales, cerca de su domicilio, causó un gran estupor a todo el mundo, salvo a nosotros.

Nuestra redacción tomó los hechos como lo que eran: una noticia desagradable. No fue motivo para parar las rotativas ni para cambiar los titulares.

Habíamos conocido a Gilberto Martín hace cuatro años. Aún permanece fresco en nuestra memoria aquel primer encuentro. Llegó a la redacción sin asesor. Vestía una camisa blanca y llevaba una chaqueta azul clara que contrastaba con los vaqueros oscuros; aquel día había decidido prescindir de la corbata.

Tras los saludos protocolarios, su mirada directa y su voz articulada inundaron el cubículo de nuestra redacción. Habló de viviendas, de incentivos sociales, de planes empresariales. Se detuvo para poner el énfasis en la propuesta de una nueva ley que, a su juicio, beneficiaría a los ciudadanos y frenaría los beneficios desorbitados, como él los llamaba, de las grandes farmacéuticas.

 Preguntamos por los detalles. Él respondió con datos porcentuales, sobre patentes abusivas, con argumentos bien trazados, hablaba de tal manera que la verdad parecía estar a su lado.

En la redacción, recibimos sus ideas con distintas admiraciones. Nuestro jefe de redacción, perro viejo de la profesión, ya maquinaba un quid pro quo: nosotros seríamos sus altavoces — que era lo que él buscaba —, y él sería, en su bisoñez, nuestro peón más aventajado.

Solo Ramón, nuestro reciente becario, se restregó sus ojos y quedó deseoso de un mundo mejor. Nuestro humorista gráfico, Jaime, que acababa de caricaturizar a Gilberto Martín, con una voz casi inaudible como si dibujara también las palabras, dijo: “El tiempo lo cura todo hasta esas febriles intenciones.”. Nos tragamos el sarcasmo con la boca cerrada. 

De ese encuentro nació nuestra primera editorial: «Nuevos aires soplan en la política nacional …». Acordamos que Gilberto Martín era un valor al alza. Un político cuya principal valía parecía ser la sencillez.

Un año después, cuando Gilberto Martín tomó su credencial como diputado nacional, tuvo la amabilidad de recibirnos en su despacho. Ese día vestía con traje azul a rayas y corbata roja. Le felicitamos por su éxito en lo personal. También le recordamos algunas de sus promesas como la ley de control de las farmacéuticas que había quedado en el tintero.

Ahora, se atusaba la barba antes de contestar. Cuando hablaba, sus ojos, a veces, se volvían hacia arriba, como queriendo mirar al techo y, en otras veces, buscaban la mirada de su asesor. Se tomó su tiempo “Estamos en ello. Debemos de hablar con todos … Una ley tan exigente requiere un amplio consenso de todas las partes”. Jaime, sin embargo, ese día se distrajo en dibujar el despacho. Aquella entrevista se cerró con una segunda editorial: «La necesidad de seguir avanzando … »

Tres semanas antes de que apareciera su cuerpo, recibimos filtraciones y pruebas fehacientes de que Gilberto Martín estaba envuelto en una trama de corrupción. Testimonios, conversaciones grabadas, pruebas documentales de una cuenta en las Islas Granadinas. En la redacción señalamos su deriva moral: toda ilusión parecía tener un precio.

Convocamos una reunión de urgencia. La incomodidad se respiraba en la redacción. Ramón, el más ingenuo, fue el único que sostuvo que todo debía de ser un montaje. Jaime, quedó paralizado ante su libreta de dibujo. No encontró viñeta posible que hiciera justicia. El jefe sin embargo se remangó y empezó a revisar de nuevo la documentación una y otra vez antes de dar un pronunciamiento definitivo. Juzgábamos los hechos, las pruebas y también a nosotros mismos.

Le pedimos explicaciones por teléfono, sin respuestas. Tres días después recibimos una carta de Gilberto Martín negando las acusaciones, diciendo que todo era un gran error. Nos pidió la oportunidad de una enmienda, de una aclaración, que él seguía siendo el mismo. Leímos la carta y la guardamos, sabiendo que Gilberto Martín era nuestro peón aventajado. El hecho de publicar una dura editorial contra él, también, era admitir que nos habíamos equivocado.

No tuvimos noticias de él hasta que fue encontrado su cuerpo sin vida, cerca de su casa. La causa de la muerte, según el informe policial, fue un posible suicidio. Entre los matorrales apareció un frasco vacío de barbitúricos de una reconocida empresa farmacéutica.

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