El matrimonio cuchichea como si yo no pudiera oírles, pero lo hago. El hombre conduce y la arruga que se interpone entre sus cejas se hace más profunda mientras la mujer le susurra su desconfianza al oído. Detrás, junto a mí, está el hijo de ambos. Tiene cinco, puede que seis años, y me mira los pies descalzos. —Decías que te llamas Teresa, ¿verdad?
—Sí. Teresa Fidalgo.
—¿Cuántos años tienes, Teresa? —pregunta la mujer.
En la oscuridad de la noche las pantallas del salpicadero iluminan su rostro desde abajo, como si estuviera sentada junto a una hoguera.
—Diecinueve —le digo, aunque sea mentira. Duda y no hace ningún esfuerzo por disimularlo. Sé que parezco más joven—. Bueno, diecinueve los hago el próximo mes. Todavía dieciocho —me corrijo forzando una sonrisa y haciendo un esfuerzo para no enseñarle mis dientes. No quiero que los vea todavía. —¿Y vuelves a casa? —sigue ella.
No puedo apartar la vista de las líneas blancas que dividen la carretera y que desaparecen bajo nosotros a medida que el coche las devora. A veces siento que van a hipnotizarme.
—¿Teresa?
—Sí, así es.
—¿Y dónde vives? —se suma el hombre—. Podemos llevarte. No nos importa si tenemos que desviarnos.
—No es necesario, de verdad. Voy aquí delante. En seguida llegamos. Vuelven los cuchicheos. Ella está convencida de que me ha pasado algo. No quiere usar la palabra, pero cree que me han forzado. Supongo que al parar a mi lado han visto mi pelo revuelto, quizá las primeras sombras de los jirones que aparecen en mi vestido y de las heridas que se abren paso en mi piel. —Perdona Teresa, ¿cómo dices que se llamaba el pueblo?
No lo he dicho, pero no puedo enfadarme. Están siendo amables. Tienen derecho a hacerme preguntas, aunque yo odie tener que mentirles. —Benalmices —digo. Lo cierto es que no estoy completamente segura de donde estamos.
El hombre carraspea. La arruga en su frente se hunde un poco más. —Pensaba que acabábamos de dejarlo atrás.
—Lo siento. Quería decir Calado. Voy a Calado.
El hombre no dice nada, pero la mujer no puede evitar llevar sus ojos a la pantalla que parece un mapa. Vuelven los susurros. Me echo hacia atrás y apoyo la espalda en el respaldo del asiento.
A mi lado, el niño señala mis pies llagados.
—¿Te duele?
Los miro. Mi tobillo izquierdo ya está torcido como una rama rota. El extremo quebrado del peroné dibuja un bulto bajo mi piel.
Le miro a los ojos, le sonrió y me llevo un dedo índice a los labios: —Shhhh —le digo, y él se ríe. Me encantan los niños.
—Perdona la indiscreción, Teresa —vuelve a hablar el hombre. La mujer se ha girado sobre el asiento y no aparta su vista de mí—. ¿Vienes de una fiesta… has tomado algo?
Suspiro. Vuelvo a poner mis ojos sobre las líneas discontinuas de la carretera. El coche las engulle, una tras otra. Es una máquina voraz.
—No. Vengo de visitar a mi abuela —no puedo evitarlo, aunque tapo mi boca con la mano para ahogar la risa.
—¿Perdona? —dice ella. Intenta olerme el aliento. Es evidente que la he enfadado—. Teresa, ¿has bebido?
—No, señora. Quería decir que mis padres tenían que haber ido a recogerme, pero no lo han hecho.
—Si me das su número de teléfono podemos llamarles.
Noto el apremio. Las sospechas se transforman en nervios.
—No hace falta, de verdad. Llegamos en seguida.
—Teresa —dice el hombre. Su voz es la que adopta un maestro en una reprimenda—, no hay ningún pueblo que se llame así. Si vamos a llevarte merecemos que nos digas a dónde vas.
—No creo que se llame Teresa —le discute la mujer—. ¡Enséñame los brazos! — exige—. Seguro que están llenos de pinchazos.
Extiendo mis brazos hacia ellos. La palidez de mi piel me delata. Por debajo del hombro, el derecho empieza a desprenderse. Está a punto de caer al suelo. El marido aparta un instante los ojos de la carretera y me mira aterrorizado. Ha llegado el momento. Tengo que hacerlo.
—¡Cuidado! —les digo, pero ya saben lo que viene ahora—, en esa curva me maté yo.






