—Cariño, te ha llegado un sobre. Lo dejé en la cocina —dijo Héctor, mi marido.
—Vale. Gracias —dije, y colgué.
Me quedé sentada en el aparcamiento mirando pasar a las madres con sus hijos llevando carritos llenos de comida. Unos coches iban, otros venían. Los maleteros se abrían como la cola del pavo real. Y yo esperaba el momento. No sabía cuál sería la señal de ese momento. O si llegaría.
Comenzó a chispear, poco a poco se convirtió en un torrente. Tuve que poner los limpia parabrisas. A cada segundo me parecía más ridículo estar allí sentada bajo la lluvia. Las varillas iban de lado a lado cada vez más rápido. Me empecé a poner nerviosa y opté por salir de allí. Arranqué el motor.
Llegué a un cruce y sin saber qué hacer tomé la autopista de la costa. Tuve que dar muchas vueltas para coger la que va hacia mi casa.
Después de dos horas en el coche escuchando la radio y una playlist de Debussy llegué a mi puerta. Había escampado. Estaba atardeciendo y las gotas de lluvia sobre los árboles parecían pequeños caleidoscopios, la calle parecía llena de lentejuelas.
Yo seguía en el coche. Lo que veía me hizo salir. Me temblaban las piernas. Paré. Me quité los tacones. Avancé descalza. Al pisar pequeñas piedras me dolía, pero apenas me daba cuenta porque me retumbaba el corazón. Aún más al llegar a la puerta de entrada. Abrí y pasé.
Vino a saludarme mi gato Tuyo. Acariciarlo me calmó. Dejé el bolso y los zapatos en el recibidor. Me fui directa a la cocina. Allí estaba, sobre la mesa, un sobre grande, marrón: los resultados.
Pensé en abrirlo cuanto antes. Luego me quedé mirando los círculos dibujados de los azulejos, como si pudiera escaparme por alguno de esos agujeros.
Decidí abrirlo en mi habitación cuando me cambiara de ropa. Cogí el sobre y subí las escaleras. Miraba el papel como si fuera un número de la lotería, pero al revés.
Dudé si poner el sobre en la cama, en una de las mesas o si llevármelo al baño. Lo dejé en una silla. Me quité el traje que había llevado a la reunión. Al quedarme desnuda me palpé los pechos. Primero el izquierdo, luego el derecho. Yo no sentía bultos. Me acerqué hasta el espejo del baño, coloqué todo mi cabello en una coleta y traté de imaginarme sin pelo.
Quizá debería esperar a que volviera Héctor, pensé. Pero él estaría fuera toda la semana, hasta el domingo.
Metí el sobre en un cajón. Sólo era lunes.






