Estaba frente a la pantalla de su ordenador tratando de ausentarse de ese momento tan estructurado, tan de nueve de la mañana un nueve de Abril. La voz de la especialista se construye a través del espacio internauta.
—Hola Greta, soy Mara, la psicóloga. ¿Me escuchas? ¿Me escuchas?—La especialista cree que hay problema de conexión
—¿No quieres hablar? Entiendo—.
La chica está conectada, pero su mente sigue atrapada en una oscuridad que amenaza con envolverla. La negrura se extiende desde su pecho hasta alcanzar dimensiones imposibles. En su memoria se mueve erráticamente, las piernas no le responden. En la pantalla Mara ve cómo la paciente se lleva ambas manos a la frente, falanges frías que parecen arrancarla de un ensueño, cuando abre los ojos ha pasado una hora y está lista para colgar la videollamada.
—Hola Greta, buenos días, espero que pronto estés lista para hablar conmigo—, dice Mara. Ambas se preparan para otra sesión de 60 minutos donde quizá no intercambien palabras,
En el video, que quedará grabado, la paciente regresa a mirar la puerta de su apartamento, vuelve a escuchar los toquidos en la puerta que la despertaron hace meses. —Greta ¿Estás bien? ¡Abre, por favor!—. Sin regresar a mirar a su interlocutora, al otro lado de la portátil, recuerda cómo se arrebujó en un rincón de la cama con miedo a que quien hubiera venido a buscarla le viera con saliva pegada a las comisuras de los labios. En su memoria se deshace de la sábana, siente el fresco del día recorrerle brazos y piernas. Quisiera regresar a la lúgubre calidez del lecho, pero se sienta en un movimiento veloz, como el grifo dejando salir un chasquido de agua. Tiene disgusto consigo misma, se rasca la cabeza e intenta esbozar una sonrisa que la anime a dejar esa tenebrosidad que la inmoviliza. La reunión termina y la paciente no ha regresado la mirada.
—¿Cómo estás Greta?—Mara sigue ahí, disponible para cuando haya espacio para su consejo.
Toda la sesión la paciente descansa la mejilla sobre la mesa. Hace años está reducida a darse empujones para salir de la cama y llevar a cabo simples actividades. Sabe que ha pasado mucho tiempo consigo misma, midiendo la altura de su cuerpo en la cama, mirando sus manos resecas, su rango limitado de movimientos. Necesita salir de ahí a explorar posibilidades.
Entrecierra los ojos, sombras la acompañan mientras camina por su habitación, libros revueltos, planes soñados y nunca realizados. No funciona confiar en chispazos de energía que se apagan con el paso del tiempo, no hay continuidad, sólo la nada cayéndole sobre la espalda. La sesión termina sin que ella se incorpore, la psicóloga abandona la llamada.
—Greta buenos días ¿cómo amaneciste?
El diálogo en su mente aflora “Amanecí pensando que soy una malagradecida, que hay personas que no tienen oportunidad de recibir terapia ni gente que las quiera alrededor. También me dio coraje porque otras personas no tienen los mismos retos que yo. Y al final me llegó la culpa, sé que puedo escucharme a mí misma, y luego de sacar todo, educarme para hacer lo que necesito”. Mientras piensa en eso y las terapias que no toma puede escuchar a un buitre que aletea sobre ella. Voltea a mirarlo con terror. Cuelga azorada.
—Hola Greta, ¿conoces las mariposas que llevan tu nombre? Es difícil verlas. Tienen las alas transparentes.
La chica las desconoce, pero al colgar la videollamada se dedica a buscar datos en línea. La siguiente mañana se despierta pensando que ella misma podría ser una mariposa de cristal, una criatura de luz difícil de ver y ser atrapada, que se escurre entre los dedos de sus depredadores. Es ella, con la esperanza de salir del encierro de sus pensamientos.
—Buenos días, Greta ¿Qué haremos hoy?—
Y con esa frase, un ejército de mariposas vienen a acompañar a la paciente. Percibe cómo ella misma se funde con el ambiente. Por primera vez se sabe invisible. Su crisálida cae al suelo, espacio sin cimientos firmes. Greta empezará a contar lo que ha gangrenado sus entrañas.
—Estoy lista para hablar— se escucha decir.







