Una tarde cualquiera, y de pronto, una escena que se vuelve recuerdo fijo. Yo con Gaby… seis años, mano pequeña en la mía, recorriendo percheros, cuando aparecieron dos vestidos como hechos para ella.
—Mira, Gaby ¿cuáles te gustan?
Se quedó mirando por unos minutos los vestidos y se escuchó su dulce vocecilla.
—El amarillo y el de bolitas me gustan.
Pregunté por los probadores. La encargada me hizo una seña y se dirigió al fondo, sacó un manojo de llaves y abrió uno.
—En cuanto terminen, tocan el timbre y yo les vengo a abrir.
El cuarto era pequeño, solo un espejo, una banca y la puerta de madera de techo a piso.
En cuanto entramos, la llave giró tras nosotras. Mi hija cambió de color de inmediato. Empezó a gritar y golpear la puerta con las manos, con los pies, con todo su cuerpecito.
—¡Abran, abran! ¡No quiero estar aquí! ¡Quiero salir! ¡Abran!
El eco rebotaba en el espejo mientras yo trataba de calmarla.
—Calma, Gaby, no pasa nada; yo estoy contigo. Solo pruébate los vestidos y salimos —le dije, intentando que mi voz sonara tan firme como no me sentía.
—No, no quiero probarme nada. Quiero salir ya.
Golpeaba y golpeaba como si la madera fuera culpable, aventó los vestidos, me empujó; se pegaba a la puerta como el náufrago que se aferra a una tabla. Nunca la había visto así: fuera de control, los ojos desorbitados, la respiración hecha un torbellino.
Empecé a tocar el timbre con insistencia. No había otra cosa que hacer. Los minutos se extendían como horas. Nadie aparecía. Gaby se iba tornando morada, aquella palidez azulada que antecede al ahogo, y el miedo me trepó por la espalda. Cambié el timbre por la puerta, mis nudillos contra la madera, hasta que por fin la encargada abrió.
Mi pequeña salió disparada. Corrí tras ella, la alcancé antes de que saliera de la tienda; la abracé y le repetía: respira hondo, mi amor, respira; mientras las empleadas me miraban extrañadas, preguntando qué le ocurría. Les dije lo primero que se me vino a la mente… “encierro”.
Una mano anónima me pasó un poco de agua y un pedazo de pan de sal, para el susto, y poco a poco su pecho dejó de temblar.
Ahora, años después, sigue lidiando con ese trauma: evita los elevadores si no son panorámicos, y no entra a baños con puertas de piso a techo. Algo en ella se quedó atascado para siempre.







