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Agua | Mireya Castizo

Han pasado dos días. Aún no he llorado. El dolor permanece aplomado en mi pecho, pero sé que guardo una panza de burra con peligro de precipitación.

He vuelto a la casa familiar, nuestra casita de chocolate donde pasé del cola cao al café con leche. Por fuera, los ladrillos ahora están tapados por troncos reptantes. En verano será todo verdor, y colgarán las parras iluminadas por el sol.

Estoy en el salón. Hay una mesa grande para comer, dos sofás, una mecedora, un tocadiscos, una colección de vinilos y alguna botella de licor que no pienso tocar. Los colores de la estancia hacen juego con las carátulas.

Estos discos antiguos suenan un poco a chimenea: tienen ese crepitar, como si frieran grillos. Este pensamiento me distrae un momento y me río con la boca abierta, sin carcajada.

Decido poner uno, pero, entre tanta variedad, no sé cuál escoger. No quiero nada rojo. Nada estridente. Necesito música azul.

Hay muchos discos de Serrat. Me hacen recordar la voz de mi padre, entrando medio segundo adelantado, y la mía siguiéndole.

Escojo la “Parábola”, del álbum dedicado a Machado.

Conecto el tocadiscos. Coloco el vinilo. Bajo la aguja. La letra me lleva al horizonte sobre la mar, al verde de los bosques. Me hace creer, por un momento, que hay vida más allá.

《Érase de un marinero

Que hizo un jardín junto al maar

Estaba el jardín en flor

Y el marinero se fueee

Por esos mares de Dioooos…》

Cuando acaba la canción, también lo hace el disco y la aguja sigue girando. La habitación entera es un grillo. Pero yo no quiero seguir. No sin llorar antes. Y no sé cómo hacerlo.

 

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Quince días después, ya en mi ciudad, fui a dejar a los niños al colegio. Estaba hablando con Laura sobre el menú escolar y algo me recordó lo bien que él cocinaba. No sé si fueron los calamares o la merluza rebozada.

Una conversación baladí.

Noté una ola pequeña en la pupila. Luego otra. Y otra. Se acompasaron. Ya no sé si llovió o si fue catarata, monzón o maremoto.

Me sequé los ojos y, de pronto, todo brillaba más, pesaba menos. Gané más horizonte.

Sé que todavía me queda tarea con los azules, pero tengo el presentimiento de que solo están protegiendo una estrella, una luz que, cuando la encuentre, no podré perder.

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