Belinda era hermosa y aquello lo hacía más cruel.
Era imposible mirarla y no enamorarse. Al menos Víctor no podía. ¿Cuántas horas pasaba cada día contemplando sus fotos?, ¿cuántas velando su contenido en Internet?
Soñaba con ella. Se descubría canturreando su nombre al fregar. Cerraba los ojos y se le aparecía su rostro. A veces la imaginaba sentada a su lado, mirándolo con curiosidad. Era un fantasma que se materializaba en el baño, cuando viajaba en autobús o mientras guardaba cola en el supermercado. A solas, mantenían conversaciones larguísimas sobre nada en particular. Más que una afición, era una tortura mental.
Víctor inventaba la voz de Belinda haciendo comentarios sobre cada pequeño detalle de su vida real. «¿Por qué desayunas zumo de naranja?, ¿no preferirías un pomelo?, ¿qué estás leyendo?, ¿es interesante?». A veces, se sometía a un test de personalidad. «Si fueras un animal, ¿cuál te gustaría ser?». Preguntas que ella también contestaba en su cabeza —un gato, por supuesto—. Y en otros momentos, su divagar abría la puerta a inquietudes que prefería no abordar. «Si pudieras hablar con Dios, ¿qué le dirías?». Y peor aún, «¿qué diría él?»
A base de analizar las fotos de Belinda, Víctor había desarrollado una personalidad quizás demasiado infantil. Imaginaba su curiosidad de niña por conocer el motivo de todas aquellas cosas que no siempre tienen razón de ser, sus ganas de experimentar, su querer saber. Entonces, cuando ya casi sentía que la tenía delante y las ganas de abrazarla parecían cobrar forma física, la imposibilidad de tocarla desataba una alquimia que se transmutaba en dolor. ¡Qué innecesario! Su trabajo no era ése. Solo debía filtrar los comentarios que los seguidores dejaban en respuesta a las imágenes que colgaba en la red. Picantes, sugerentes… la última se llamaba ‘Placer culpable’.
En la fotografía la playa se desenfocaba al fondo. En primer plano, Belinda vestía una camiseta de color rosa chicle excesivamente ceñida bajo un peto vaquero. Una larga trenza envolvía su cuello en una cadena de eslabones de cabello que hacía pensar en una serpiente susurrando secretos lascivos. Y es que había algo del pecado original en cómo Belinda devoraba su helado con los ojos cerrados y su húmeda lengua estirándose fuera de la boca para palpar una cumbre de vainilla. «Es una diosa», se decía Víctor, que bien sabía que aquel altar estaba lleno de paganos. Y es que, cuando se sentaba al teclado, no dejaba de preguntarse cómo la gente podía ser tan soez.
Ya había miles de mensajes y la lista seguía creciendo.
«Si quieres llenarte la boca aquí tengo yo…». Víctor los eliminaba sin seguir leyendo y prohibía al usuario volver a comentar. No era bueno para el negocio, pero Belinda no se merecía aguantar a tipos así, y tampoco él.
«Come a gusto nena, que luego te voy a hacer yo sudar esas calorías». Suspiraba. Era un seguidor de pago. Cuenta premium, diez monedas cada mes. Clicaba en ‘Me Gusta’ y respondía con una cara amarilla soplando un beso que en el aire se convertía en corazón. «Gracias, guapo», escribía apuñalando con sus dedos cada letra sobre el teclado. «Bien hecho», le felicitaba Belinda al oído. Sonreía.
«Eres preciosa. Me encanta la foto. Estás guapísima». Víctor cotilleaba el perfil de la usuaria. Parecía guapa. «¿Será de mi edad?». Descartaba en seguida esa línea de pensamiento. A saber cuántas mentiras se escondían tras aquella usuaria. Víctor sabía que Internet era el mundo de
sombras que observaban los presos atados en la caverna de Platón. «Muchas gracias por seguirme. Tu apoyo me anima a continuar adelante», escribía las palabras amables que imaginaba salir de la boca de Belinda. Era un ejercicio de ‘Jeckyll y Mister Hyde’ que cada vez parecía más natural. Entonces, en su templo de la soledad sonaba un pitido. Víctor pivotaba en su silla de oficina y se impulsaba hacia atrás. Las ruedas le llevaban hasta otro rincón del cuarto. Allí vivía Belinda, en un sueño de silicio y algoritmos. Una barra de progreso alcanzaba el 99%. Detrás surgía una imagen llegada de la inteligencia artificial. Los colores y bits empezaban a asomar. Víctor estaba ansioso por verla una vez más.







