Enrique Gómez

Viviana

Conduce camino del hospital, una mañana de domingo, por una carretera que a estas horas está casi vacía. Su guardia empieza a las ocho, un turno que suele ser tranquilo.

No le gusta el mes de octubre. Su tristeza se adelanta al frío según avanza el otoño. Por luminosos que puedan seguir siendo los días, por cálidas que lleguen las noches, los paisajes se van decolorando, los sonidos pierden brillantez y su ánimo se abate a la misma velocidad que se acortan las horas de luz.

Con cuidado para no despertar a su pareja, desanimada, Viviana se había preparado para ir al trabajo. Anoche, él quiso quedarse en el salón, leyendo y tomando una copa. Ella se acostó desnuda esperando que, al descubrirla así, la despertara para compartir juntos su deseo. Ya hace casi tres semanas que no juegan en la cama y estos ciclos de apatía se han ido produciendo de una forma cada vez más frecuente. No sabe a qué hora se acostó él, pero debió de ser tarde y con alguna copa de más. El olor a wiski del dormitorio, por las mañanas, se está convirtiendo en una rutina que la desanima y que no sabe cómo romper.

Antes de empezar en el trabajo, se da un toque muy discreto de maquillaje. Tiene en mente darle un giro a esta etapa de su relación, pero teme las consecuencias. Quizás hoy deban afrontar la realidad: hablar y escucharse para encontrar algún camino de vuelta a una vida juntos que, probablemente, no fuera perfecta, pero que para ella es suficiente. No quiere plantearse la otra alternativa.

La sala de radiología está alejada del bullicio de la entrada de Urgencias, las separa un laberinto de pasillos. El único ruido allí es el traqueteo que producen los aparatos y las breves instrucciones que ella da antes de cada placa. 

Ya han pasado los primeros pacientes. La mañana está siendo sosegada: percances leves de deportistas domingueros y algún trasnochador que acabó mal la fiesta.

Al mediodía encuentra un hueco para llamarlo. Espera el tono intermitente, pero, en su lugar, una locución le informa de que el teléfono está apagado. Detesta lo que hace a continuación: no quiere iniciar un diálogo a través de textos cortos, pero escribe un mensaje:

«Te quiero. ¿Reservas mesa en el italiano?»

Aparece el próximo paciente y retoma el trabajo hasta acabar su turno. Ha revisado el teléfono en cada intervalo libre que ha tenido, esperando inútilmente un mensaje de él. Vuelve a llamar y obtiene la misma respuesta enlatada.

De vuelta, su humor es más sombrío. Ya no es otoño, ni invierno, ni nada. Conduce por un paisaje vacío y tiene miedo a llegar. Teme cómo pueda encontrarlo, qué va a escuchar de él, qué reproches tendrá que oír que ella no haya sabido adivinar…

Llega a casa, entra al salón, en el suelo yace el libro que él se quedó leyendo; en la mesita, una botella vacía y un vaso ancho con restos de agua turbia. Pasa al dormitorio, ve la cama deshecha y el armario abierto en el que falta su ropa. En el altillo destaca el hueco que ha dejado la maleta grande: la que utilizan para viajes largos.

Encorvada, como una pantomima chepuda, siente su vientre vacío soportando una tensión que succiona su pubis desde dentro. Se dispone a llamarlo de inmediato. ¡Tiene que hablar con él! Marca una vez más pero el teléfono sigue desconectado.

Vencida, se sienta en el borde de la cama sin querer aceptar la situación, luego busca justificaciones de su ausencia por toda la casa: una carta, una página escrita… aunque sea un triste post-it pegado en cualquier parte. No hay nada. Vuelve al dormitorio, quiere descubrir algo que a ella le dé esperanzas y retenga la presencia de él allí, pero sólo encuentra el olor dulzón a whisky que invade toda la habitación y que ahora le resulta nauseabundo.