Desde la mesa en donde me encuentro, observo una familia sumida en monotonía color ceniza. Todos inmersos en sus pantallas.
A mi alrededor, los vendedores ambulantes recorren las mesas como satélites errantes ofreciendo cosas: servilletas con bordados, matamoscas y las rosas olorosas que suplican te las lleves para no ser la basura que vuelva estéril su jornada.
El estruendo de los carros parece borrar la armonía de la naturaleza y el verde de los árboles, como si el ruido pudiera desteñir la vida.
En algún piso elevado, en una pared o ventana apenas entreabierta, alguien libra una batalla silenciosa consigo mismo.
Yo, mientras tanto, me pregunto dónde guardar todo lo que la ciudad deposita en mis ojos: la desorientación de nuestra educación, cuya idealización de la acción, queda en reacción tras reacción, en silencio.
Me siento tan cargada del mundo que temo desbordarme. Tal vez debería abandonar parte de este peso sobre la acera para continuar el camino. Pero al llegar a la esquina ocurre algo extraño: mi sombra se desprende de mí. Durante un instante vacila, no sabe cuál es su destino, arrojándose bajó las ruedas del tranvía.







