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Versos flotantes alados | Felipe Moraga

Versos flotantes alados | Felipe Moraga

La ciudad de Madison del estado de Wisconsin es agradable para vivir en verano. Está rodeada de lagos. La flora está bien cuidada. Es fácil distinguir la alegría en los rostros y las ganas de disfrutar. En invierno es horrible porque nieva bastante y hace mucho frío. No apetece salir a la calle, el transporte se dificulta y todos sueñan con la llegada del mes de mayo.

 

Alba Ridruejo es una poeta inquieta y activa. Busca sus versos en la naturaleza. Son las nueve de la mañana, del inicio de agosto, y ya está en el parque Federico García Lorca que tiene un largo paseo paralelo al lago. 

 

Ella siempre se sienta en el mismo banco de color violeta. El sol ya empieza a calentar, acaricia su cuerpo. Disfruta oyendo los cánticos de las aves, observa sus movimientos. Y le van llegando, poco a poco, los versos. Sabe esperar.

 

Está preocupada porque ayer escuchó susurros, palabras partidas y sílabas alargadas. Esto sucedió a partir de las catorce horas cuando más calor hacía, y la poeta iba a irse a su casa. Entonces notó que le sudaban las manos y sintió cómo le subía la temperatura. No era normal que alguien invisible se comunicase con ella. ¡Tenía miedo! Sin embargo, la curiosidad la impulsaba, le quitaba el temor y volvió a ir al banco poético.

 

El paseo empezaba a llenarse con gente patinando, otros iban subidos en sus bicicletas y algunos haciendo footing. 

 

Alba preparada para escribir con su lápiz sobre el cuaderno. Esperaba con inquietud los versos. Notó cómo el antebrazo se le tensaba. A su cuerpo le subía con lentitud la temperatura, sudaba y parecía una autómata tomando nota de lo que oía: «Es en estas riberas donde se escuchan las pasiones muertas de los caballeros errantes: ¡Pero que sano es el viento!» Después, con parsimonia se levantó del banco desorientada y cogió el camino de vuelta a su vivienda. Le preocupaba la subida de grados en su cuerpo.  

 

Escribió los versos en Google para buscar el autor y eran de Rimbaud. Aunque no sabía si los habría recitado Arthur. Deseaba volver el día siguiente para continuar con esa conexión.

 

II

Durmió mal. Pensando en lo que afectaba a su salud. Bajo la ducha los definió como: «Versos flotantes alados». Podía ser una metáfora simbolista. Imaginó la existencia de una puerta abierta a la comunicación. Caviló que alguien del más allá le hablaba cuando hacía más calor. Dudaba sobre si podría escuchar a los caballeros errantes.

 

Y le volvió a llegar el miedo a perder el control. Podía entrar en la tela de araña de un conjuro. Sin embargo, un deseo oculto la impulsaba. De pronto, se quedó muy sorprendida y paralizada por algo imprevisto, no sabía qué hacer. A pesar de lo fría que era, su corazón se movía rápido, como si una emoción positiva la llevara en volandas.

 

Tenía la nariz pequeña, labios carnosos y el pelo rubio. Con los ojos cerrados estaba tumbado sobre su banco violeta. Era guapo y muy alto.

 

No sabía qué hacer. Llegó a olvidar los versos. La inesperada pasión en su cuerpo la confundió, porque era intensa. Alba caminó muy despacio hasta llegar a la plaza veneciana. Lo hizo sin dejar de mirar atrás. 

 

Cogió el móvil para llamar a la policía, y cuando iba a marcar el número… Contempló a ese cuerpo, levantándose y caminar en sentido contrario al suyo. 

 

Alba, pesarosa, le siguió desde cierta distancia. Llegó al banco y escribió una carta:

 

A 10 de agosto de 2025

A un desconocido:

 

Quiero que sepas que al verte en el banco pasé miedo. No supe qué hacer, y por eso no te desperté. Me faltó valor.

 

Si lees estas palabras. Espero, desconocido, que me disculpes.

 

Me gustaría verte y hablar contigo. Todos los días a las nueve vengo a este banco a buscar versos.

 

Alba.

 

La metió en un sobre y la colocó detrás de una de las patas traseras del banco que sujetó con una piedra. 

 

III

Eran las nueve horas del día siguiente y el desconocido esperaba a Alba Ridruejo con el papel en la mano. Por la tarde encontró la carta y quiso conocerla. Cuando ella le vio, se dijo: ¡Madre mía, con lo fría que yo era!


 (1) Rimbaud. A. Poesía y prosa. EDAF. 1970. El río de Cassis. Página 95.

 

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