Roberto Vega

Velas de cumpleaños

El agua helada se mezcla con la sangre que mana a borbotones. La bala ha perforado su omóplato en una trayectoria limpia: mortal. El lodo que baja por la ladera desangra la montaña enturbiando los charcos de la pista forestal. Ve el cañón aproximarse, todavía humea. Siente el ardiente metal, y su alarido cruza la noche amortiguado por las columnas de lluvia. 

—Te lo advertí, Tino. Te advertí que no jugaras.

Ovillado sobre el suelo empapado, cierra los ojos ante los cegadores faros del todoterreno. Hay seis piernas sin contar las de Parra; este continúa acuclillado a su lado.

—Maldita sea, Parra, sabes que no he tocado ni un gramo de esa droga. Alguien se la está jugando al viejo. —Tose, y una arcada con sabor metálico le obliga a bajar la cabeza—. Parra…

—Piensa, muchacho —lo interrumpe el otro—, hay cosas que son mejor dejarlas como están. Te lo advertí.

Tres destellos rompen la oscuridad. Después, solo la lluvia y el ronroneo del motor. Entran en el todoterreno y desaparecen. Sobre la tierra mojada, con los ojos todavía abiertos, el cuerpo de Tino deja de convulsionar. 

 

Estoy tan feliz. Hoy cumplo dieciocho años, y el mundo me parece maravilloso. Sé que papá y mamá me han preparado una fiesta sorpresa para esta noche (los adoro tanto): hace una semana escuché a la cocinera hablando con el jardinero.

Ahora he quedado con mis dos mejores amigas. El chofer me llevará al centro: nos pasaremos toda la tarde de compras.

No puedo esperar más para verlo. Me ha prometido que nos reuniremos después de mi fiesta, y que llevará puesta la pulsera que le regalé.

Me atuso el pelo y me pellizco las mejillas al tiempo que canturreo una canción. Doy media vuelta y observo el vuelo que hace la falda de mi uniforme: a él le encantan las medias que llevo. Me ruborizo cuando pienso en nuestro encuentro de la noche anterior: él siempre tan serio, tan tímido, tan apasionado.

—¡Carmen!, el coche te está esperando, cariño, ¿tardas mucho?

—No, mamá, ya estoy. Bajo enseguida.

 

Amas a tu familia por encima de todo. Llevas casado treinta años y todavía recuerdas a tu mujer en el jardín de la casa de sus padres. Tu trabajabas para su padre. Era un hombre serio, muy respetado. Por eso no dejaste de temblar durante la hora que duró la entrevista que mantuvisteis, poco después de que se enterara de lo vuestro.

—¿Quieres a mi hija? —Te preguntó.

—Sí, señor. Me casaría con ella mañana mismo…

—Tranquilo, Vicente —te interrumpió—, muchacho, ve más despacio. Como veo que vas en serio, quiero advertirte de dos cosas.  —El hombre hizo una pausa antes de continuar—. La primera, que tengas muy presente a lo que nos dedicamos: en este negocio siempre hay que ir un paso por delante. La segunda, tiene que ver con las mujeres de la familia de mi esposa; son inteligentes, fieles y apasionadas, pero no debes confiarte: nunca las traiciones, o lo pagarás caro.

 

La pequeña recoge conchas en la misma playa que solía hacerlo con su abuelo Vicente. Ha encontrado una muy grande, y brilla cuando la pone de lado.

—Mami, mira, crees que al abu Vicente le habría gustado esta concha.

Una brisa con sabor a sal atusa los cabellos de Carmen al tiempo que asiente. Mira el cielo, las nubes avanzan rápidas.

—Va a llover, debemos recoger.

La mujer se incorpora y percibe la intensa mirada de su hija.

—Mami, ¿Por qué nunca quieres hablar del abuelo Vicente?  

Carmen se detiene, mira a su hija, y recuerda su dieciocho cumpleaños (el día que habían asesinado a Tino: el papá de la pequeña); a su padre Vicente, y sus palabras de consuelo; a la policía entrando en la casa de sus padres; los golpes, los gritos; a su padre esposado en la sala del tribunal, procesado por tráfico de estupefacientes; y la confesión de Parra, en la que acusaba a Vicente de haber planeado el asesinato de Tino porque consideraba una traición que este se acostara con su hija.

Cómo explicarte que ordené la muerte de mi padre porque era lo que tenía que hacer.