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Mireya Castizo | Manual para robar

Portada de Mireya Castizo | Manual para robar

Alejandro había pasado una semana entera estudiando su manual para el robo y vigilando la casa de los Ruiz. Era un chalet con un pequeño jardín descuidado en las afueras de Madrid. No había perro vigilando. No había vecinos cerca y permanecía vacía hasta las ocho de la tarde. A Alejandro le parecía el lugar perfecto para cometer su primer robo. Por eso calculó que podía entrar a las seis, buscar el dinero en efectivo y las joyas que hubiera en el interior del edificio e irse en menos de una hora.

Por fin llegó el día decisivo. Alejandro aparcó frente a la casa, apagó el motor y permaneció unos segundos inmóvil, con las manos al volante. Miró a ambos lados de la calle. Vía libre. Salió del coche y saltó la valla, asegurándose de no ser visto. Al caer, una rama crujió. Se quedó paralizado, conteniendo la respiración. Al verse fuera de peligro, tras unos segundos, sacó el manual de la mochila y lo abrió para recordar qué tenía que hacer. «Busca una ventana abierta», decía el manual.

Pero daba vueltas a la casa y por allí no aparecía ninguna ventana abierta. Alejandro empezaba a desesperarse. Estaba a punto de renegar de su manual y darse la vuelta, cuando reparó en una ventana corredera que parecía cerrada. Se le ocurrió que quizá no tuviera echado el cierre. La empujó hacia la izquierda y, para su sorpresa, la ventana se deslizó sin ofrecer resistencia. Alejandro volvió a animarse, al mismo tiempo que le entró un poco de miedo, porque ya estaba más cerca de ser un delincuente profesional.

A través de la ventana pudo acceder a la cocina, que fue lo primero que vio al entrar en la casa. Era grande, con una isla y olía a canela. Le pareció tan agradable que se quiso sentar en una silla a contemplarla. Enfrente suyo vio la hora en un reloj de pared. Decía que eran las cinco de la tarde. Entonces Alejandro se alegró mucho porque tenía muchísimo tiempo por delante para cometer su primer y magnífico robo.

Sacó su querido manual para hacer un último repaso. Al hacerlo, leyó su nombre escrito a mano en la primera página. Siempre le había gustado firmar sus libros y este no iba a ser menos. El manual decía que no debía dejar huellas dactilares. Lo dejó sobre la mesa y se puso los guantes. Se sirvió medio vaso de agua porque con los nervios le había entrado mucha sed y se dispuso a explorar la casa con el vaso en la mano.

Llegó a un salón con plantas de interior muy secas. A Alejandro esto le pareció abominable. Él las adoraba. «Esta gente se merece que la roben», pensó Alejandro al ver aquello. Decidió que tenía tiempo para regarlas y se puso manos a la obra. Con el vaso de agua fue regándolas una por una, volviendo a la cocina a llenarlo cada vez que se vaciaba. Se entretuvo retirando algunas hojas marchitas. Total, tenía tanto tiempo.

De pronto, Alejandro recordó que había ido a aquella casa a robar, no a regar plantas. Su objetivo era encontrar joyas o dinero en efectivo. Así que subió al piso de arriba y rebuscó en todos los cajones, en cajas del armario, hasta que al final, detrás de un cuadro, descubrió una caja fuerte. Pero no tenía ni idea de cómo se abría una caja fuerte. Así que esto era un nuevo problema que consultar en su manual.

Por eso bajó tranquilamente a la cocina y, mientras lo hacía, oyó cómo se abría la puerta delantera y llegaban voces desde el recibidor. Miró al reloj, incrédulo, y vio que marcaba las cinco. Le pareció imposible, a menos que el reloj estuviera parado. Pero no tuvo tiempo de pensar ni de dudar, sino que salió escopetado por la ventana, dejándose olvidado su querido manual para robar, con su nombre escrito a boli en la primera página.

De ese modo, al menos, los Ruiz sabrían quién les había regado las plantas.

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