Ella se despierta como todos los días; y se da cuenta que no está a su lado su querido Anton. Piensa: “qué raro, yo siempre me levanto antes que él”. ¿Se habrá sentido mal? ¿Habrá salido a caminar por la playa? No lo creo. Nunca se va sin mí.
Hace una pausa que parece eterna.
Se levanta y comienza a llamarlo… “Anton, Anton, ¿dónde estás? Él no responde. Al llegar al comedor, le llama la atención que la ventana está abierta y que un fresco viento atraviesa la estancia. Dirige la mirada hacia el reloj de pared que Anton no le dio cuerda. Sobre la mesa hay un vaso medio vacío y nadie en la silla. También se encuentra una hoja con su nombre… “Lucía”.
Con las manos temblorosas toma la hoja y comienza a leer con el corazón latiendo con dulce ansiedad.
Mi amada Lucy:
No sé cómo comenzar sin romperte… Solo te diré lo que me hiciste sentir. Contigo yo no tuve miedo. Contigo… supe lo que era llegar a casa. Fuimos noche tras noche al mar para besar tu fresca boca y jurarnos amor eterno.
Hoy solo me queda recordar…y mis ojos mueren de llorar.
Si nuestros recuerdos vuelven a ti cuando esté lejos…y tus lagrimas brotan de tus bellos ojos…que esas lágrimas sirvan de consuelo a tu soledad.
No quiero que pienses que te dejé… nadie deja lo que más ama… me tuve que ir antes… nada más.
Guarda lo nuestro en el lugar más bonito que tengas. Yo me llevo lo tuyo… adonde me toque ir.
Ámame así, como ahora, aunque yo ya no esté enfrente. Que yo te voy a amar…aunque ya no pueda decírtelo.
Siempre serás alguien que quise de verdad.
Con amor,
ANTON
Lucía se queda paralizada por un momento. No sabe qué pensar. No sabe qué sentir. La carta le sigue temblando en las manos. ¿Por qué se fue? así nada más. ¿Sin un abrazo? ¿Sin una explicación concreta? ¿Qué me quiso decir con eso de “adonde me toque ir?
De pronto, reacciona. Sale corriendo descalza, en bata hacia la playa. Se detiene. Mira al mar y grita su nombre a los cuatro vientos. Pero el viento se lleva sus gritos y la brisa se los traga.
Desesperada, regresa a casa. Toma el celular y le marca. Una vez, y otra, y mil veces. Y ahora, la contestadora dice: “Ya no me busques más”.






