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Roberto Vega | Notas discordantes

Portada de Roberto Vega | Notas discordantes

Los ecos de la calle entran distorsionados por la ventana abierta. Voces en medio de conversaciones, conversaciones que chocan contra las fachadas, mezcladas con risas que abarrotan el aire y que, al apagarse, dejan paso al rugido de los motores que se acercan: un autobús, varios coches, una furgoneta, otro autobús.

Abres la ducha y escucho el agua golpear tu espalda, suavizarse al entrar en tu espesa melena y escurrirse por tus senos desnudos. Canturreas algo, pero soy incapaz de distinguir qué desde la habitación donde estoy. Al otro lado de la puerta de entrada a nuestra casa, el chirrido de unas bisagras rompe el silencio del rellano. Niños que salen en tropel, chillidos, un portazo, y el vote de un balón contra el terrazo. Un sonido metálico sube desde las plantas inferiores, las puertas se abren y la algarabía desciende amortiguada por las paredes de ladrillo.

Podría levantarme, acercarme hasta la puerta cerrada del baño y escucharte de cerca, dejar que me susurraras, como cuando éramos dos desconocidos sin otro destino que estar juntos, y acabar haciendo el amor en esta cama. Pero no lo hago. Permanezco acostado, con el vaivén de mi respiración acariciándome el pecho.

Un coche frena: el chirrido seco enseguida es sustituido por un estribillo con sabor a reguetón, que se libera con toda su furia cuando alguien baja las ventanillas del vehículo y comienza a aullar. Un reproche desde el otro lado de la acera se mezcla con el sonsonete de los semáforos, monótono, intermitente, hasta que se apaga del todo y, de nuevo, el roce de neumáticos, y el autotune que desaparece definitivamente.

Pienso en esta mañana, y recuerdo que me costó elegir la melodía. Lo hice a conciencia. Debía ser lo bastante pegadiza y poco común: nada de listas de Spotify, ni últimos éxitos. Pensé en algo romántico, con sonido a olas de mar, a burbujas de chocolate caliente. Me decanté por algo de los ochenta. Sus noches empapadas en libertad, sus luces de neón, sus amores prohibidos y sus sueños perdidos entre acordes de música electrónica, eran una buena opción.

Un rumor se acerca desde el cielo y lo cubre como un paraguas. Apagas la ducha y enciendes el secador. Una moto carraspea y su motor de cuatro tiempos lo engulle todo, hasta el rugido grave del avión, hasta el pitido lejano de una alarma, hasta la canción que continúas tarareando.

—¿Qué silbas? —me preguntó mi compañero nada más llegar al trabajo.

—Ni lo sé —le contesté—, ¿no te pasa a veces que vas en el autobús, ponen algo en la radio y no eres capaz de dejar de cantarlo en todo el día? Pues llevo así desde que me he levantado.

A él también le pasaba y, con las mismas, nos fuimos a una reunión, y nos tomamos un café en el descanso, y almorzamos juntos y, cuando ambos apagábamos nuestro portátil, no pudimos evitar una sonrisa tonta al comprobar que era él quien no podía dejar de canturrear la musiquita, después de haberme oído durante tantas horas.

No hice gran cosa el resto del día. Después de escuchar tu mensaje en el que me avisabas de que llegarías tarde, me senté en un parque a comer un sándwich y a leer. Me gusta mirar al infinito y dejarme llevar, escuchar a la brisa colarse entre las cañas de la charca, y a los estorninos zigzaguear entre los turistas, y a las abejas zumbar cargadas de polen. Un perro jadeaba apurado detrás de una pelota y algunos niños chillaban montados en sus bicicletas. Me quedé dormido con los murmullos de la tarde hasta que me despertó la sirena de una ambulancia.

Ahora estoy aquí. Desde la televisión, me llegan las noticias. La apago y cierro los ojos. En el baño, tú mueves un cajón, te colocas las zapatillas y abres la puerta que da a nuestra habitación. Escucho tus pasos hasta la ventana, la aseguras y corres la cortina mientras yo rememoro la melodía que escogí esta mañana. La misma que interpreté durante horas al oído de mi compañero, la misma que ahora te oigo tararear; la misma que apaga mis sentidos al ver confirmadas mis sospechas.

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