Una gran carga

Tamara Acosta

Oteo el horizonte desde una especie de neblina. Llevo días de estar luchando por mantener la cordura. Mi estómago ya no recuerda la sensación de plenitud, y mi boca ansía sentir la insípida agua. La aurora y el crepúsculo se suceden una y otra vez ante mí, como una de esas películas que a duras penas viven en mi memoria, donde simplemente soy un observador, y nunca el protagonista. La arena se ha convertido en mi mejor aliada, en mi único hogar. Allí duermo y lloro, lloro y duermo. Hoy el mar está en calma; como suelen decir, después de la tempestad, la calma siempre llega. La soledad ya no me golpea a diario. El cuerpo humano acaba acostumbrándose a todo, incluso a la desolación. Ya hace tiempo que me cansé de luchar; ahora solo espero a que llegue el final. Cierro los ojos e intento recordar quién era yo. Pero no es mi rostro el que aparece en mi memoria: es el de él. Mi amor. Mi único y verdadero amor. No quiero llegar a ese momento, así que divago entre imágenes. Nos veo en el resort, luciendo nuestros nuevos y brillantes anillos. El mar Caribe a nuestros pies, tal como siempre habíamos soñado. Lo veo cogiéndome en brazos para entrar en nuestra suite mientras auguramos dos semanas de eterna felicidad. El paraíso terrenal listo para ser disfrutado. Desecho lo que viene a continuación; sin embargo, ese pensamiento lucha una y otra vez contra mí. Carente de fuerzas, acabo cediendo sin remedio. Ahí estamos, en mitad del océano. Gritando desesperadamente. No puedo hacerlo. Muevo la cabeza de un lado a otro, intentando arrancar a golpes ese momento de mi memoria. Vuelvo atrás. A cuando todavía éramos felices. Me veo posando para una fotografía en el vértice del barco. Llevo mis gafas de sol nuevas y un pareo atado a la cintura. Él me fotografía varias veces, y se acerca a darme uno de esos besos que me hicieron suya desde el principio. Sonrío emocionada. El momento se rompe con la voz de aquel que no quiero ver. El culpable de todo. Nos indica que en esta zona es donde viven las tortugas y que nos pongamos nuestro equipo de submarinismo. La amplia multitud obedece. Nos lanzamos al agua cogidos de la mano. Somos buenos buceando. Observo ante mí la inmensidad, con su profundidad y con su total oscuridad, y me estremezco. La imagen es sobrecogedora. Sin darnos cuenta, nos alejamos del monitor y del resto del grupo. Él 

quiere enseñarme un arrecife que hay un poquito más allá y, después, un banco de peces que hay un poquito más allá también. Ni rastro de tortugas. Seguimos buscándolas. No somos conscientes del tiempo que pasamos allí abajo. Estamos hipnotizados por la belleza del mundo marino. Soy la primera que sale al exterior, y compruebo con horror cómo nuestro barco se aleja. Comienzo a gritar para llamar su atención, sabiendo que, a la distancia a la que están, es imposible que me oigan. ¿Qué están haciendo? ¿No se dan cuenta de que faltamos? 

Vuelvo al presente y advierto mis lágrimas, sorprendida de que aún quede algo líquido en mi cuerpo. Pongo a raya mis pensamientos y a duras penas me levanto rompiendo el ciclo. Mis piernas tiemblan, sujetando un esqueleto a punto de quebrarse. Tras unos pasos, no lo resisto y caigo. Me maldigo por haber elegido ese destino, ese infierno disfrazado de edén. De rodillas y con la cabeza hundida entre mis brazos, me protejo. Pero vuelvo a revivirlo. Nosotros, en medio del océano, desamparados, abandonados. Nadando hacia ninguna parte. Se está haciendo de noche, y el miedo aumenta a cada minuto. Sus palabras me martillean: «Tranquila; volverán a por nosotros». Y me lo creo hasta que veo las aletas, que nos acechan en medio de la noche. «No te muevas», me susurra. Y hago caso, tragándome el terror. Por un momento nos sentimos invencibles cuando las aletas se alejan; amanece y divisamos, a lo lejos, tierra firme. La euforia se apodera de nuestro cuerpo, pero no lo expresamos por miedo a que vuelvan. Solo movemos los brazos y las piernas con fiereza. Mi salvación está tan cerca que casi puedo tocarla. Lo adelanto dedicándole una sonrisa llena de esperanza. No me espero el grito repentino y desgarrador que resuena en cada fibra de mi ser. Un grito más animal que humano. Al girarme, clavo la mirada en sus ojos desencajados, que me miran de forma aterradora mientras aquel monstruo acaba lo que ha empezado. El mar se tiñe de rojo con la misma rapidez con la que me arrebata para siempre al ser que más he amado. Nado a la velocidad que la adrenalina me permite, que es el doble de lo normal, segura de que viene a por mí. Pero no pasa nada. La isla cada vez está más cerca y, cuando por fin mis pies tocan la arena, siento que he renacido. 

Abro los ojos, estoy entumecida; no sé cuánto tiempo llevo de rodillas. No quería volver a revivirlo todo. No aguanto más. Vuelvo a la postura inicial y oteo de nuevo el horizonte. Espera, un momento. ¿Qué es eso? ¿Es nuestro barco? Él está de nuevo a mi lado. Vamos, amor mío, tenías razón, vienen a buscarnos. Lo cojo de la mano, y nos adentramos en el mar. ¿Estoy soñando? Esta vez no tengo fuerzas para nadar; mi poco peso se me antoja una gran carga, así que me dejo llevar por la marea. Sé que vienen a rescatarme… sé que…