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Una casita bajo el pino 700 | Roy Carvajal

Una casita bajo el pino 700 | Roy Carvajal

Salió corriendo con la torpeza de sus botas de hule dando un portazo. Beto, un chiquillo que no quiso ir a la escuela, buscaba zafarse de las tareas obligadas por su madre. Loly, su hermanita de cinco años, lo siguió montaña abajo con su risa contagiosa.

—¡Vuelvan acá, mocosos, a ordeñar las vacas! 

La curiosidad pudo más que la advertencia. La viuda, siempre de negro, a cargo de la granja y de dos criaturas, sentía el mundo encima. 

Llegaron a los naranjos. Beto subió ágil a uno y desprendió la naranja más reluciente del sol de media tarde y la tiró.

—Atrapa, hermanita. Fresca del naranjal.

—Betico, ¿por qué estás tan rojo?

—El sol me hizo rojo… ¡pero tú, blanca como banana!

—¡Ji, ji!

—Mamá dice que soy colorado como el diablo.

—Eres un niño frambuesa.

Los gritos de la madre se escucharon cortados por el viento, apagados por el follaje:

—¡Beto, regresa a casa ahora mismo, Loly, si no vienes en cinco minutos, no habrá cena!

—Mamá amasa la masa, ji, ji —dijo contemplándolo maravillada desde abajo, aferrada a sus trenzas castaño cálido.

—Hoy cenaremos pan de girasol. Pero mejor las naranjas. Allá, bajo el pino, está casita —dijo señalando desde lo alto. Prensando una rama con sus piernecillas, el pantalón corto de overol se rasgó en una espina.

—En casita está mamá —dijo alzando los bracitos rechonchos con la esperanza de que su hermano la subiera para ver. Dio unos pasos hacia atrás y tropezó en una raíz. Desapareció entre arbustos. Beto soltó las naranjas y bajó de un salto. 

—¡Lolitaaa! 

Rebuscó y dio con un hoyo horadado en el tronco de un árbol muerto, escondido entre ramas y tallos.

—¿Estás bien? ¿Qué hay adentro? 

—Huele a frambuesa… eh… mariposas que cantan… y saben a arándanos… ¡Anda, ven a probarlas, salta!

Un río iridiscente fluía en la oscuridad, crecía a cada palabra de Loly, que se adentraba siguiendo la luz fluida. Escuchó un murmullo en su cabecita:

Vuelvan.

La voz se materializó en graznidos de cuervo:

—Ti-jo, se acuesta el sol.

—¡Dame tu mano, vamos a comer naranjas! —resonó la voz en eco desde afuera.

—Ti-jo, ti-jo, se ve la luna y no el sol.

—¡Dame tu mano!

Y la niña interrumpió:

—Anda, Betico, salta, a que tienes miedo, ji, ji!

Beto encontró una rama larga para picar el hueco del árbol podrido y que Loly se sujetase para sacarla. Cientos de mariposas azules revolotearon.

Pero ella caminó río adentro. El hueco se hizo largo como un túnel y llegó a un lago  verde fosforescente. Se lavó la carita. Sus ojillos se reflejaron enormes y ondulantes. Vio la imagen de su madre con el bolillo de amasar en una mano y halando la oreja de su hermanito con la otra. ¿Por qué no me obedecen?, suplicó la silueta oscura de su madre distorsionada en el agua.

—Poc-poc —escuchó y volteó atrás.

—¡Eres leñador?

—Soy un pájaro carpintero que pica el tronco muerto — dijo una voz conocida.

—Entonces yo soy la gallina francolina que puso un huevo en la cocina, ji, ji.

—¿Adónde irán las mariposas con sus alas de tafetán? —contestó el pájaro carpintero.

Del lago emergió una calabaza con ventanas doradas. De la puerta salió un muñeco pecoso con sombrero de cáscara de banana.

—Soy Bananín, esa es mi casa calabaza, y estas, mis gallinitas —dijo señalando unas semillas de naranja flotando.

—¡Hola! ¿Y esa?

—La vaca semilla de girasol que pisa a las gallinitas clo-clo que viven en la casa calabaza de Bananín.

La rama con que Beto escarbaba en el hueco la sacó del ensueño. Escuchó una bota de hule pisar el túnel y luego la otra. El pájaro carpintero, con cara de frambuesa, se le acercó y ella sonrió. Se tomaron de la mano y los hermanitos se zambulleron de un brinco, chillando de felicidad en el lago iridiscente.

 

Suena la campana

din-don-din-dan.

Campana de la mañana, repica tu son

din-dan-din-don.

Una casita bajo el pino

quiquiriquí, el sol está aquí.

Un pajarillo contesta, sí que sí,… sí que los vi.

 

—Beto, Betico, sal de tu cama, el sol asomó.

—Loly, Lolita, sal de tu cama, ya nació el sol.

Pero ninguno en su camita durmió.

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