Una bolita de algodón

Ana Efigenia

Silencio.

Se agrieta el silencio. Se oye el castañetear de unos dientes: parecen pequeños, sin fuerzas para devorar. Un inapreciable mollizneo hace el efecto de fondo. Silbidos amilanados se entremezclan con los demás ruidos. Empieza la orquesta.

Un rugido tenebroso irrumpe el concierto; crujen las maderas cansadas; la ventana da golpes para reprocharle al viento… A lo lejos, suenan gotas que se persiguen y que forman un reguero escandaloso. Huele a noche quebrada.

El almizcle hace de las suyas; enmascara el miedo. Hay flores de algodón sobre la mesilla, con los tallos atrapados en un delgado jarrón de cristal labrado. Una bolita de algodón descansa sobre el suelo, cerca de las zapatillas de conejitos, que esperan recibir los pies de su dueña.

Entre la negrura se aprecia la silueta de la pequeña: sentada en la cama, con las piernas estiradas y con los brazos a lo largo del tronco. Permanece con los ojos abiertos: incansables y a la expectativa. Con la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo. Su rictus se ha deformado. Mueve los labios a causa de pequeños espasmos. Sus dientes chocan constantemente, creando una sintonía espeluznante. Tiene el cabello largo y ondulado, del color de las almendras, que le cubre la mitad del rostro y toda la espalda. Destacan su camisón blanco con blondas y las sábanas del mismo color, que rasgan la oscuridad.

En la puerta de la estancia, está su hermano mirándola. La noche lo ha convertido en un espantapájaros: desgreñado; con los ojos desorbitados; la camisa del pijama descabalada; una pernera más larga que la otra; un calcetín verde y el otro de colores, con un roto, por el que asoma un dedo. Le susurra al miedo: «Déjame entrar: mi hermanita necesita ayuda». El miedo le oprime el cuello. Exprime su nuez, hasta que el niño siente la necesidad de salir corriendo al exterior, pero no puede. Sus piernas no responden: sus músculos se han convertido en rocas gigantes imposibles de cargar. Su mente es la única que huye y regresa, y vuelve a huir.

«Te daré lo que quieras. Solo déjame entrar», le ruega al miedo.

El pavor se carcajea. Suena a feria chirriante. El niño se tapa los oídos y, valeroso, da un paso al frente. Se le agita el corazón, la saliva se le espesa y los ojos se le cargan de lágrimas congeladas.

Un golpazo hace tambalear los párpados de la niña. Comienza a pestañear y recobra la sensatez. Mira a su hermano y se asusta al verlo. Lanza un grito que quiebra la calma, e inmediatamente se cubre con la sábana.

El hermano se percata de que el grifo no está cerrado del todo. Se dirige al baño y lo cierra. Oye los quejidos de la madera y el chillar de las vigas. Se acerca a la ventana para cerrarla, pero una fuerte ráfaga de viento entra en la habitación y lo derriba. Oye a su hermana lloriquear debajo de las sábanas. Observa cómo el aire vence el jarrón de la mesilla y también zarandea la bolita de algodón que había en el suelo. Ve cómo la arrastra hasta la ventana y la hace desaparecer.

—¡Noooooo, mi bolita de algodón! —grita la pequeña al observar lo sucedido desde una pequeña abertura que había creado en el embrollo de las sábanas.

—¡Salvaré tu bolita! —asegura el hermano mayor, que tan solo tiene cuatro años.

El pequeño corre hasta la cama de su hermana, le arrebata una sábana, se la echa sobre los hombros y se anuda dos esquinas delante del cuello. Corre de nuevo hasta la ventana, acerca un banco y se alza sobre el pretil. Sujeta con ambas manos los extremos sueltos de las sábanas y abre los brazos. Se lanza en busca de la bolita de algodón, de la que se apropió el viento.

La pequeña, de dos años, no aparta los ojos de la ventana, y espera ansiosa a que su héroe regrese con la bolita de algodón en la mano. Al demorarse este, se baja de la cama, se dirige a la ventana, se sube al banco y se asoma.

Entre la negrura se aprecia la silueta del pequeño, envuelto en la sábana blanca, con una pequeña bolita de algodón, haciendo filigranas encima de la muerte. El pavor vuelve a carcajear.

Silencio.