Roberto Vega

Un día cualquiera

—¿Necesita algo más, señor Bernal?

—No, Angélica, puede retirarse. —El anciano, sentado en su silla de ruedas de espaldas a la asistenta, observa los campos que se extienden hasta donde puede ver—. Hoy, no recibiré más visitas, estoy agotado.

—Bien, señor. No olvide tomarse las pastillas. He calibrado el respirador, pero, si nota algo extraño, llámeme.

Oye a la mujer cerrar la puerta de la biblioteca al tiempo que contempla la elegante figura de su sobrino rodear la fuente situada en frente de la mansión. El hombre entra en su coche, lo pone en marcha, y desaparece engullido por la hilera de olmos que escolta el camino hasta la verja de entrada a la finca. «He tomado la decisión correcta: él debe ser mi sucesor», determina al observar la escena. «Yo no tengo descendencia, y él es el nieto del creador de todo esto».

Mira el reloj: las diez y media; todavía es temprano para comenzar con su lectura habitual, esa a la que dedica jornada de mañana y de tarde. Piensa en el día que tiene por delante, uno más, solo, sobre aquella silla (a la que su artritis ha condenado), atado a aquel respirador (consecuencia de toda una vida de fumador) veinte horas diarias.

Una golondrina hace un quiebro en el aire y desaparece veloz de su vista. La imagen le trae a la mente un recuerdo ya casi olvidado, y una sensación de nostalgia recorre el pecho del anciano al recordar los tiempos lejanos de su niñez: la tarde en la que se había sentido el ser más ágil y rápido de toda la creación.

Llovía con fuerza. Tenía la ropa empapada, y el agua que se colaba a través de las suelas agrietadas de sus botines hacía gárgaras con sus pies entumecidos. Colocado en la puerta trasera de la tienda, vio a su amigo salir corriendo. Sin pensarlo un instante, comenzó a correr tras él; a sus espaldas, cada vez más lejanas, se podían distinguir las blasfemias que salían de la boca del tendero.

—Un día seré rico —había confesado a su amigo unas horas después mientras ambos degustaban su botín en la guarida que ocupaban desde hacía una semana.

—Pero, ¡si ya somos ricos! —enfatizó el otro—. Mira a tu alrededor: esta casa, este fuego; tenemos todo lo necesario, y ¿has visto cómo hemos escapado de ese pobre incauto? Todavía nos estará buscando.

—No, yo quiero ser rico de otra manera. —Guardó silencio—. Tengo un plan. —Sacó un libro de su ajada mochila y lo señaló mientras las llamas se reflejaban en sus ojos —. Sé cómo hacerlo.

—Pero, ¿tú sabes leer?

—Sí, mis padres me enseñaron antes de morir.

El anciano acaricia el lomo casi inexistente del libro que sostiene entre las manos. Del título solo puede distinguirse la palabra economía. «Cosas del azar», musita. Por un momento, la imagen de un joven, inteligente y risueño, se hace visible. Es él, han pasado varios años, y es el prometido de la hija del que ha sido su mentor desde que ha entrado en la empresa donde trabaja; está citado para escuchar:

«Amo profundamente a mi familia: mis dos hijas, mi esposa, y, bueno, esta empresa; representan todo por lo que merece la pena luchar. Siempre me he considerado afortunado. En pocos días, tú, mi mejor empleado, contraerá matrimonio con una de ellas. Muchos hombres de mi posición te repudiarían, lo considerarían indigno; yo no lo haré. En estos años he llegado a conocerte bien, y quiero que sepas que soy un hombre feliz».

El anciano permanece impasible al recordar aquellas palabras. Nunca se engañó, sabía la enorme responsabilidad que asumía al contar con la confianza de aquel hombre, y nunca dudó en sacrificar los mejores años de su vida en tal empeño.

Ahora, ya no vive nadie de los de entonces. Solo le queda el tiempo (días enteros de una soledad absoluta), y el dinero (mucho dinero). Deposita el libro sobre la mesa, retira la mascarilla de su boca y, de súbito, siente una oleada de libertad; la misma que le invadía cuando, de niño, un día cualquiera, corría bajo la lluvia por las calles de su ciudad.