Apenas metí la llave en la cerradura de la puerta cuando se fue la luz. A mi abuelo empezaban a olvidársele las cosas, por lo que no quería dejarlo mucho tiempo solo. Al entrar, me tropecé con el bastón que estaba tirado en el suelo y fui a dar contra la mesa de la entrada, lastimándome el brazo.
—¡Mierda! —grité.
Solo se percibía la respiración de mi abuelo, cada vez más rápida y ruidosa.
—¿Quién anda ahí? ¿Por qué apagó la luz? —preguntó.
—Soy yo, abuelo —contesté.
Él estaba muy asustado y quiso levantarse del sillón.
—No te levantes, por favor, te puedes caer —grité.
Al intentar volver a sentarse y no encontrar el sillón, cayó al suelo. A gatas llegué hasta donde estaba y me senté junto a él.
—¿Te has hecho daño?
No contestó; respiraba con fuerza. Se hizo un silencio tenso.
—Nos quedaremos aquí hasta que vuelva la luz —dije.
—Tarsicio —me dijo—, qué bueno que estás aquí. Hace mucho tiempo que deberíamos haber hablado. No sé por qué lo enterramos, igual que enterramos a esa chica que matamos. ¿Lo recuerdas? Nos habíamos metido a una casa a robar y esa chica nos vio. Quiso salir corriendo, pero nos apresuramos a tomar los trozos de madera de la chimenea. Con el golpe cayó al instante. Pensamos que solo estaba inconsciente, pero pronto nos dimos cuenta de que estaba muerta.
La sacamos de la casa y, después de limpiar todo, la llevamos al bosque y la enterramos. Desde ese día ya no volvimos a ser los mismos; compartir aquello terminó separándonos. Puedo olvidar cualquier cosa, menos eso, y sé que nunca podré hacerlo. Somos unos asesinos. Pobres padres… nunca la encontraron. Desapareció y tuvieron que vivir con esa incertidumbre.
A mí me faltaba el aire. El corazón me palpitaba demasiado rápido; mis pensamientos se enredaban y tropezaban unos con otros. Me quedé mudo.
—Aunque sea muy tarde, voy a entregarme. Quiero morir en la cárcel, donde debí haber estado desde aquel día.
En ese momento regresó la luz.
—Abuelo, ¿estás bien?
—Sí, me caí. ¿Por qué apagaste la luz?
—No la apagué, se fue.
—Tu tío vino a verme, pero creo que con lo de la luz ya se fue.
—¿Qué tío, abuelo?
—Tarsicio, ¿quién más iba a ser?
—Abuelo, yo nunca lo conocí. Nunca me hablaste de él.
—No digas tonterías. ¿Cómo no lo vas a conocer si es mi hermano?
Ya no contesté. Solo me quedé con aquella conversación adherida a la piel, sin saber si había sido cierta o no






