Un cien de llegada

Álvaro Rubio

Elijo una fórmula parecida a la empleada por Quevedo para explicar la composición de un soneto. Cuatro paradigmas con el parentesco de la dichosita palabra. No quisiera enredarme en torsiones filosóficas y soltar la primera ocurrencia; así que hago una llamada a mi musa para que acuda en mi ayuda.  Obediente y fiel, saca a la palestra la primera muestra. Cien años de soledad. Para muchos, El Taj Mahal del lenguaje. Con un principio evocador, «muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo».  Espero que, a la finalización de mi relato, no me señalen con el dedo y digan: “¡Menuda bagatela!”. Atrinchero mi pensamiento negativo y me invade un desconcierto entusiasta, ¡aleluya!

Acabo de completar el primer cuarteto. ¿Poco creativo? ¿Poco convincente? ¿Poco cautivador? Bueno, tiempo al tiempo. Seguidamente, interrogo a mi inspiración y le digo:

— ¿Qué estás esperando para evocarme el segundo ejemplo? 

Ella me interpela circunspecta y me responde.

—A ver, listillo, aclárate. 

— ¿Que me aclare? ¿Estás de coña?

—Pues sí. Si empiezas por despertar a la musa, sigue con ella; no me arrebata ir de segundo plato. Y no, no estoy de coña, voy muy en serio.

—¿Te estás oyendo? No pienso consentir que me hables con ese aire de suficiencia.

— ¿Y qué piensas hacer? —pregunta retadora la inspiración.

—Muy simple: cercenar cualquier brote creativo que parta de ti.

— ¿Quién, tú? Sabes que sin mí no eres nada. Te lo he dicho cien veces y, de paso, hago uso de la palabrita necesaria en tu historia. Escribir, amigo mío, es como tender la ropa. Aunque te parezca simple, no lo es. Cada prenda tiene que ir donde le corresponde; no se pueden mezclar prendas al tuntún. Tú escribes del mismo modo que tiendes la ropa, sin ninguna disciplina.  Así que, bonito, cómprate cinco euros de bosque y te pierdes en él una temporada.

Ha conseguido que aparezca el fantasma de la culpa en mi pensamiento. Tender mal la ropa, todo infundios. Concibo su clamoroso ataque de celos, si bien no es lo deseable de una inspiración que se precie. No se lo tendré en cuenta. En el fondo la necesito; mejor dicho, nos necesitamos. Asimismo, y como ejemplo de gratitud, le tomo el cien de la discusión.

No me había recuperado totalmente cuando el Ángel de la Guarda me da unos ligeros toques en el hombro y en tono sarcástico musita.

—¡Buena la has liado! Con la inspiración cabreada, lo tienes crudo. Para aliviar tu desazón, te dejo este refrán: «Vale más pájaro en mano que cien volando». Acéptalo como la «BA» de boy scout.

 Y sí, es un refrán apropiado para lo pretendido, no lo niego. Una ocurrencia gratuita. Ahora, si espera que le dé las gracias, va listo. No es que le tenga manía, bueno, a veces sí.  Como es tan perfecto… Al menos hoy ha servido para el tercer paradigma. Además, se libra porque la cartera de reproches la tenía vacía, que si no…

Pues ahora, ni musa, ni inspiración, ni Ángel de la Guarda. Recurriré a la poesía: tan sugestiva, tan enriquecedora, tan emotiva. Preciso  una pizca de luminiscencia poética. Buscó en el desván de mi memoria. Abro un baúl grande. Nada. Luego, una caja azul. Tampoco. Más tarde, un cofre. Nones. Hasta que, por fin, en un cajón, aparece: 

Con cien cañones por banda,

viento en popa, a toda vela,

no corta el mar, sino vuela

un velero bergantín.

Bajel pirata que llaman

por su bravura, él temido,

en todo el mar conocido

del uno al otro confín.

—Gracias, Calderón, tú sí que vales.

Estoy contento, me levanto de la silla, abro la ventana y escucho una conversación de fondo, donde mi Ángel de la Guarda, ese que debería de velar por mí, les comenta a la musa y a la inspiración en tono jocoso: 

—Veis, lo hemos dejado solo y la que ha liado. Ahora va y multiplica los cañones para cuadrar el cuento. Cambia el diez por el cien y se queda tan ancho. Menuda merma de memoria gasta el tío. Sin nosotros cerca, ¡es un puto desastre! Si ya lo decía su padre una tarde que excavaba con un azadón en un patatar: «Donde no hay mata, por muy hondo que caves, no hay patata». Por cierto, Espronceda, no se lo tengas en cuenta.