Roberto Vega

Un bolso para navidad

Miriam apaga el televisor, deposita el mando sobre la mesa de trabajo, y se deja caer en el asiento de cuero negro de su despacho. Con la boca entornada en una extraña mueca (mezcla de espanto y de sorpresa), contempla la butaca colocada enfrente (imposible no recordar ahora la frágil y delgada silueta de Paula allí sentada). Levanta los ojos. La paleta de colores del lienzo que pende de un lateral del estudio contrasta con el elegante papel gris que cubre la pared. La imagen traslada a Miriam al pasado, a la tarde que recibió la visita de la joven.

—Me llamo Paula, tengo veintiún años y estoy aquí porque me han dicho que es usted la mejor.

Miriam examinó a la joven que tenía enfrente. Llevaba un pantalón blanco holgado, una camiseta del mismo color y un blazer gris con hombreras. Los remaches dorados de su bolso iban a juego con la hebilla de su cinturón y con los aros que envolvían sus delgadas muñecas. Aunque no iba maquillada, los enormes iris turquesa de la joven intimidaron a la prestigiosa doctora.

—¿A qué te dedicas? —se limitó a preguntar.

—Soy influencer.

Miriam subrayó la palabra en su libreta de trabajo; aunque siempre le había impactado esa profesión nueva, trató de no mostrar demasiado entusiasmo.

—¿Y sobre qué influyes?

—Bueno, sobre todo lo que hago: cómo visto, lo que como, dónde viajo, lo que hago en mi día a día, dónde veraneo…

—¿Cómo decidiste dedicarte a esta profesión?

Paula agachó ligeramente la barbilla. Tenía los labios grandes, y su larga melena le cubría parte de las mejillas.

—Yo solo quería un bolso para Navidad —pareció disculparse la joven—; sabía que, si llegaba a cien mil seguidores en mis redes, me lo podría costear.

—¿Y cuántos seguidores tienes?

—Casi diez millones.

—Vaya… ¿Podría ver alguna de tus redes sociales?

La joven sacó el móvil de su bolso y se lo entregó. En la imagen congelada, Paula sonreía divertida, acompañada de un joven muy atractivo.

—Mi novio —confesó.

La doctora asintió, y barrió la pantalla; ahora Paula aparecía en bikini en una playa (su expresión era risueña). Siguió pasando fotografías: la joven en un evento, en un desfile, en Londres… siempre sonriendo, siempre perfecta. Finalmente, se detuvo; dejó el teléfono sobre la mesa y arqueó las cejas antes de hablar.

—Bueno, parece que tu vida es maravillosa, ¿qué te trae a la consulta de una psiquiatra?

La joven desvió la mirada, y dos gruesas lágrimas surcaron sus pómulos.

—Vivo en una amargura constante: mi padre es alcohólico, y no sé nada de él desde hace tres años; sé que mi novio me es infiel, aunque él lo niega y no deja de decirme que estoy para que me vea un psiquiatra; la relación con mi entorno es un desastre, y vivo acompañada por una tristeza que hace que me sienta vacía. —Tenía la voz quebrada—. Me paso las noches bebiendo y fumando marihuana hasta perder el sentido… —Después de una hora de haber estado hablando, la joven se detuvo. Parecía exhausta; tenía los ojos cerrados y le temblaba el labio inferior—. ¿Te importa que vaya al baño?

Miriam asintió. Cuando la vio aparecer después de unos minutos, frunció el ceño: Paula no parecía la misma: llevaba el rímel puesto y su aspecto era impecable.

—¿Estás bien? —preguntó un poco sorprendida ante el cambio.

—Es que a esta hora siempre subo algo a mi perfil para mis seguidores, y no quiero dejar de hacerlo. —Se dio la vuelta—. Me gusta mucho ese cuadro, ¿te importa si le hago una foto y escribimos una frase sobre la felicidad y sobre la motivación?

—Eh, bueno, la felicidad… —titubeó la doctora, todavía impactada por lo que acababa de presenciar.

Unos instantes después, Paula comenzó a recibir mensajes: «Te quiero, eres mi inspiración, gracias por existir, nadie…».

—Esto es mi droga —sentenció. Su mirada era fría y parecía ausente.

Miriam regresa a la realidad sobrecogida todavía por el eco de la noticia que acaba de escuchar en la televisión: «Una conocida influencer se suicida…». «¿Conocida o invisible?», se pregunta. En ese momento, una nueva notificación aparece en la pantalla de su móvil.