Última toma | Roberto Vega
Guillermo Fuster, el actor del momento, conducía su metro ochenta y melena azabache por el corredor que daba acceso a la enorme sala donde se iba a rodar la última escena de su película, con una sonrisa en la boca. Se veía, asimismo, como un adonis: guapo, encantador, exitoso… aclamado por el público: el famoso que toda tertulia quiere tener como invitado.
Guillermo no veía el momento de acabar, llevar a Gina (su compañera de reparto) al restaurante más exclusivo de la ciudad en su deportivo, y pasar la noche con ella en la suite del hotel donde se alojaba. «¡Gina!…», suspiró.
Su relación no siempre había sido idílica. Todavía recordaba los primeros días de rodaje, cuando ella insistía con aquello de que él estaba comprometido cada vez que la invitaba a tomar una copa después del trabajo. Tampoco fue fácil aguantar a Carlota, su novia, cuando esta se enteró de lo suyo con Gina (nunca supo quién se lo había contado).
Pero ese asunto ya era cosa del pasado. Había tomado una decisión: cuando Carlota regresara de su viaje a Hong Kong, lo dejaría con ella. No le parecía bien hacerlo por teléfono; al fin y al cabo, podía ser un cabrón, pero un cabrón educado. Además, sabía por experiencia que las noches de pasión para recuperar al amante que pretende dejarte son las mejores; todavía tenía planes para Carlota.
En el lugar elegido por producción —una vieja fábrica abandonada—, todo estaba preparado. El guion era sencillo: los malos tenían secuestrada a Gina, Guillermo llegaba, los mataba a todos, y la rescataba.
Se sentó frente a un espejo: el maquillaje le parecía la parte más aburrida.
—No te muevas. —Reflejada en el espejo, a su espalda, la cara seria de Sofía, la maquilladora, sacó al joven de sus pensamientos—. O no seré capaz de dar con tu mejor versión.
—Eh, sí, disculpa —respondió él, ignorando la ironía de la joven.
Su historia con Sofía había sido algo diferente. Desde el principio, Guillermo había sabido que la maquilladora estaba colada por él y, como Gina se empeñaba en su negativa, la había utilizado como algo terapéutico. Todo había cambiado después de la primera noche con su compañera de reparto; la maquilladora entendía lo de Carlota: era su novia («Estaba antes»), pero se negó a compartirlo con Gina. «Estuvo bien —pensó Guillermo—: una chica guapa, y entregada, pero no acaba de ser mi tipo… demasiado temperamental».
—Ya está. —La voz de Sofía era neutra. Guillermo la dejó recogiendo sus cosas.
Vio a Gina hablando con el director. Estaban rodeados de cables, de cámaras y del resto del reparto. Se encaminó hacia ellos. Disfrutaba de aquel ambiente: podía oler la tensión. Se cruzó con Marcelo, el asistente de dirección. No se dijeron nada. Guillermo iba ensayando mentalmente lo que le diría a Gina para impresionarla. Ignoraba que Marcelo había albergado durante meses la esperanza de tener algo con Sofía, y que todo se había truncado el día que la maquilladora le había confesado que estaba enamorada del actor. Después, las lágrimas de ella, el desengaño de Marcelo, su odio visceral a Guillermo; el mensaje enviado a la novia del actor, donde le contaba todo.
Alguien dio instrucciones, y los actores comenzaron la toma frente al piloto rojo de las cámaras. La concentración era máxima, y nadie se percató de la mirada pétrea de una mujer resguardada en uno de los escenarios laterales; había adelantado su vuelta desde Hong Kong para poder asistir.
Se escucharon las primeras detonaciones; había humo, actores y cámaras en movimiento… Todo parecía ir según lo previsto, hasta que Guillermo cayó al suelo boca arriba. Aquello no estaba en el guion. Gina, alarmada, se arrodilló junto al actor, tomó su cabeza y comenzó a llorar mientras la sangre de él empapaba sus manos. Algunos actores, los que estaban haciendo la escena de acción con Guillermo, miraron atónitos sus pistolas todavía humeantes; el desconcierto era absoluto.
Durante las semanas siguientes fue la noticia con más minutos en las tertulias de medio mundo: “¿Cómo pueden pasar esas cosas?… un accidente, sin duda… pero ¿esas pistolas no son de juguete?… lo están investigando… ¡era tan guapo…!”.
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