Iñaki Rangil

¡Toma agua!

Otro día más soleado,  muy luminoso, en exceso. Según me levanto y compruebo su veracidad se me pone un nudo en el estómago que no me deja ingerir alimento alguno. De no haber tenido este tiempazo, quizá me quedase alguna otra oportunidad de librarme. Tal como ha amanecido, voy dado. Que no tengo arreglo, lo tengo claro. Que soy imbécil, esto es ganado a pulso. Podría concretarlo… con mi sudor y lagrimas… a diario.  

No me gusta, no me gusta nada el mar. Solo de pensar en ello me da vértigo.  Si, además, discurre la circunstancia de catarlo, entonces mejor ni lo digo, se convierte en el peor de los mareos. Mi aprensión al agua es notoria y aumenta proporcionalmente a la cantidad de sal portada. Parece mentira, si de niño me zambullía como pez en su medio. Estaba más a gusto dentro, a remojo, que fuera.

—Jon, te están saliendo escamas, ¿te has dado cuenta? —bromeaba mi padre, mientras yo, ingenuo y contento a partes iguales, me exploraba todo el cuerpo para cerciorarme que me veía alguna. Él, disimulando, se partía de risa al ver mi entusiasmo. De haber resultado cierto, se habría transformado en euforia infantil.

Hoy, sin embargo, a pesar de saber que no era posible, me alegro de no tenerlas. Me repugna todo lo relacionado con el agua, en general, y con el mar, en particular. Así que, cada día odio ir a trabajar. Es un negocio familiar al que no puedo renunciar, se lo prometí a mi padre antes de abandonarnos forzado por una cruel enfermedad. Como su único hijo, me obligó a hacerlo en su lecho. En sus palabras se destilaba un gran amor a su negocio… y a mí, pues siempre ha creído que eso iba a ser mi antídoto contra el odio visceral a lo que supera una simple humedad.

—Esto te garantizará tanto tu pan, como el de los tuyos. Y será tu hijo quién se haga cargo en un futuro —¡con qué orgullo soltó aquellas palabras! 

Antes que nada, pese a todas mis reticencias, cumplo, pues soy de palabra,  hasta las últimas consecuencias. Nadie dirá lo contrario sin incurrir en falsedad. Aunque me pesa a diario, tampoco tiene sentido decir otra cosa, por lo mismo. Sobre todo, en especial, días como el de hoy. Cuando hace temporal o muy mal tiempo, puedo tener la suerte de librarme de la parte menos agradable, sentir el líquido elemento, sin echar cohetes, ¡eh! No olvidemos que el resto de la actividad del negocio nadie me la perdona, aunque resulta igual de funesta, eso sí, un poco más aligerada. 

¿Cómo derivó a esta tragedia desde aquel vínculo tan profundo que existía entre el mar y el menda? Sí, es una tragedia, no os quepa duda, no se trata de ninguna exageración. ¡Qué más quisiera yo! ¿Os acordáis de aquel caso que trascendió en los medios de comunicación durante cierto tiempo? Sí, hombre, aquel muchacho que rescató a una familia de cinco miembros arrastrados por una gran ola. Sí, que después fue a por el sexto. Los dos desaparecieron tragados por la fuerza de la naturaleza. A mí me devolvió horas después. Estuve muchos días hospitalizado para recuperarme. Como podéis intuir, una parte de mí jamás lo ha hecho.

Pues bien, creo perfectamente comprensibles los motivos por los que aborrezco el agua en cualquiera de sus manifestaciones, incluso la lluvia. Siendo así, también deberéis disculparme si odio mi trabajo. En el mejor de mis momentos, vendo artículos para desarrollar actividades acuáticas, desde un simple bañador, hasta el más sofisticado equipo de buceo. Rellenamos las botellas de aire comprimido o arreglamos pinchazos en las embarcaciones neumáticas. Vendemos tablas de surf y también las arreglamos. Hasta ahí, son los días buenos, los que me cuestan menor esfuerzo. Solo que ahí no se queda la cosa. Con una meteorología como la de hoy, también doy clases de surf y soy instructor de buceo. Aunque aquí, sí le puse freno a mi padre, de bautismos de buceo yo no pasaba, porque tengo un tímpano reventado. Lo comprendió y permitió que tenga otro instructor para las prácticas de inmersión.