Tod | Fernanda Almagro
A veces cuando las veo mirarse como si pudieran hablar solo con los ojos la rabia me inunda , me hace odiarlas, y no puedo controlarme. Siento que no tengo cabida dentro de lo que se supone que es mi propia familia.
Hasta han puesto al perro en mi contra. El muy cabrón me gruñe a cada momento. Enc ima se atreven a quejarse cuando lo castigo. Algún día lo envenenaré…
La sangre chorreaba por mis mandíbulas. Ahora sentía su miedo, olía la adrenalina que brotaba de su piel. Olía su odio. Sentía como mis dientes penetraban en la carne blanda y nauseabunda de su hombro, después en la cartilaginosa de su yugular. Aún no olía a muerte. Moví mi cabeza de un lado para otro sin soltarlo para asegurarme de que se desangraría y no paré hasta que ella me gritó “¡basta!”
En ese momento pensé que me recriminaría:“¿qué has hecho?” pero en su lugar se acercó y le dio una patada, solo una.
Cuando uno ha sido golpeado y humillado, y lo que es peor, ha visto pegar y maltratar a los que quiere día tras día le queda el derecho a la venganza.
Al menos fui útil para mi dueña y la niña. Cuando se olvidaba encerrarme mis gruñidos parecían contenerlo. Se vengaba dándome una patada cuando dormía o quitándome el agua y la comida a veces durante días.
Ahora todo ha cambiado. Pero dejaré que sean ellas, mi dueña y la pequeña Mar, quien os lo cuente.
Sé que algunos se podrían plantear por qué no lo dejé antes de llegar a lo que llegamos. No puedo decir que me robó mi autoestima. Nunca fue así. Conservarla era la única fuerza con la que contaba. Solo esperaba la forma y el momento. La forma de huir sin vivir con el miedo a que un día nos encontraría y nos mataría a los tres, o lo que es peor que la matara a ella, mi hija, para hacerme sufrir.
No planeé lo que ocurrió, al menos no conscientemente. Simplemente cuando enfurecido y con un palo de golf fue a golpearme la niña se interpuso. La lanzó con todas sus fuerzas contra la pared. Tod comenzó a gruñirle mirándome buscando mi consentimiento. Entonces sin pensarlo le grité: “¡ahora Tod, ahora, atácale! Le pedí a Mar que me esperara en el coche. Aparté los ojos durante unos segundos. Sabía lo que estaba pasando pero no quería mirar, no quería llegar a sentirme culpable y decirle a Tod que parara antes de tiempo.
Solo cuando le chillé que lo dejara miré. Yacía en un charco rojo con el mismo rencor en sus ojos, con la misma mueca en sus labios que cuando me golpeaba. Por eso le di una patada, porque ni tan siquiera muerto era capaz de dejar de odiarnos. Por eso y para que aunque solo fuera una fracción de segundo antes de recorrer el camino hacia otra vida, si es que existe, sintiera el desprecio, la humillación.
No me arrepiento ni me avergüenzo.
Después nos marchamos en el coche. Tenía que llevar a Tod a casa de unos amigos antes de que todo se descubriera. Ellos lo esconderían hasta que encontrásemos un lugar lejano donde vivir los tres. Desde allí llamé a la policía, les expliqué que el perro había matado a mi marido cuando vio que nos iba a agredir, que luego había huido y que asustadas habíamos ido a pedir ayuda a un amigo.
Vivimos en una casita preciosa los tres: mamá, Tod y yo. Lo eché mucho de menos el tiempo que tuvo que estar escondido. Pero no dije nada a nadie.
Sabía que mi madre o Tod me iban a liberar de algún modo. Ella me enseñó a estar al lado de Tod siempre que mi padre estaba en casa para que no se acercara porque creo que le tenía miedo, igual que nosotras a él, aunque casi siempre era a ella a la que pegaba fuerte. No sé por qué aquel día se envalentonó y me empujó muy fuerte contra la pared delante de el perro.
Últimos relatos







