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Tarde | Sandy Manrique

“Aprovecha que soy joven,  no me corre la prisa por una relación seria. Te sugiero que no tardes en decidirte. Es posible que, cuando estés listo, ya no esté aquí”. Corina estaba sentada en la cama con la espalda desnuda. Era común que soltara reflexiones mientras se desenredaba el cabello durante las citas que tenía con Pablo.

 

Él no estaba interesado en que la relación saliera a la luz.  Se divertía invitándola a su casa cuando se le antojaba. Vivía ocupado haciendo realidad las ideas del dueño de la compañía en que trabajaba.  Usaba camisas de marca y un perfume que enloquecía a Corina, a quien le hervía el cuerpo con sensaciones nuevas.

 

Ella había entrado en su mundo con su forma de hablar jovial y cariñosa. Lo entretuvo un tiempo con sus oídos atentos y su manera casi compulsiva de dar las gracias. Ella sonreía cada vez que decía a Pablo que de madurez no tenia un solo gramo. Él no contestaba, la dejaba controlar la conversación como si tuviera los dados en la mano.

 

Sus momentos juntos siempre tenían algo de cinematográfico. Corina parecía preparar  sus diálogos, combinarlos con su mirada taciturna y la pulcritud en su vestir. Ella sabía que él tenía acceso a mujeres en ramilletes, no preguntaba nada, se cuidaba de estar resplandeciente en cada cita.

 

Tuvieron varios años una relación intermitente. Tras una separación de unos cuantos meses, Corina accedió a volver a salir con él . Hablaron largo rato, más bien ella lo hizo, dejando a sus dolores resguardarse  en medio de los cristales. Cuando él la llevó a casa le pareció fácil intentar besarla. Ella se hizo para atrás, lo detuvo con las manos  y negó con la cabeza.

 

Pablo insistió. La arrinconó en el asiento, envolviéndola con su aroma. Corina dijo que no al tiempo que se distraía mirando a una persona a las espaldas de Pabloe. Era un joven que venía caminando hacia su casa. Reconoció a su enamorado, venía a visitarla sin anunciarse y le traía una rosa.

Ella se bajó intempestivamente del auto, mudadas sus atenciones por completo.  “¿Por él me cambias?” preguntó Pablo  entendiendo la situación. Dio un sonoro portazo y arrancó el auto.

 

Mientras manejaba alejándose de ella pensó en que no importaba lo  sucedido, Corina regresaría, igual que en los diez años anteriores, preguntaría qué estaba haciendo y le pediría pasar a verla.

 

Meses después volvió a verla en un evento social. Ella estaba tan cordial como siempre,  guapa y alta en riesgosos tacones. Él le preguntó si podían encontrarse tan pronto terminara su compromiso. Ella le respondió desplegando uno de sus dedos.  Estaba coronado por un anillo de compromiso. Pablo preguntó que cómo se le ocurría, que si era por ese tipejo que había visto afuera de su casa. “No me llega  ni a los talones”.

 

Acostumbrado a su dominio, Pablo sostuvo la mano  de Corina. Le pidió con voz suave que mejor se casara con él, dijo que ambos sabían que su destino era estar juntos. Ella liberó su mano con suavidad y se encaminó lejos.

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