Sueños

Julia Díaz

Se detiene ante el letrero fosforescente: “At the end of the rainbow”. Desde fuera puede oír los ecos de los Bee Gees. Se pasea por las inmediaciones de la puerta hasta que, con fuerza, apresura la última calada del cigarrillo y por fin se decide a entrar. Camina deprisa hasta la barra, con la cabeza gacha. ¿Qué hace allí una noche más? No se atreve a levantar la vista, sabe que ese club está lleno de espejos y reconocerse en uno de ellos sería asumir su despiadada verdad. Se pide un bourbon, al que va dando sorbos mientras se acuerda de Teresa. Desde que le destinaron a Londres, hace ya dos meses que no se ven. Es periodista internacional y su trabajo le obliga a estar fuera de casa por largas temporadas, pero sabe que ella la espera sin dramatismos. Lo sobrelleva con serenidad.

 Pensándolo bien, no podía quejarse de su matrimonio: cocinaban crepes con doble de queso, iban al cine a ver películas en versión original, sacaban al perro a pasear por el monte, compartían libros para luego sumergirse en largas charlas de tono trascendental que acompañaban con sucesivas copas de vino, ¡bailaban rock and roll!, ¡leían juntos versos de Gil de Biedma y de Miguel Hernández! Invitaban a amigos a casa y acababan con la garganta rota por el humo de los pitillos y las canciones de medianoche. No tenían ningún tipo de prejuicios ni tapujos en la cama, y una vez satisfecha la gula inmediata de los cuerpos, aún entre un revuelo de sábanas, le hablaba y hablaba de los personajes históricos que más le fascinaban mientras Teresa escuchaba embelesada. Lo mismo ocurría en las mañanas de caminatas por las montañas, pero entonces era ella la que le iba mostrando flores y aves silvestres sin cesar mientras él miraba sorprendido. Es verdad que a veces discutían, pero después de dos décadas juntos, habían aprendido a sofocar sus cóleras desde el respeto mutuo.

¿Qué le ocurre entonces? Él, que siempre se había esforzado en construir una vida tranquila y apacible, que había conseguido la estabilidad en la que tan insistentemente le habían educado, se encuentra aquí, en este bar, a estas altas horas de la madrugada. Desde que se lo enseñó su colega David hace unos años, siempre encuentra la forma de venir. ¿Es que quiere destruir todo el camino recorrido? Es cierto que es fácil dejarse llevar por la noche londinense, que trabajar cubriendo noticias como un loco lejos de su país es una tarea muy cansada y necesita distracciones, pero ¿por qué ese oscuro designio le arrastra una y otra vez hasta allí? ¿No podría ser como la gente normal, conformarse con su familia, estar satisfecho con las supuestas cosas espléndidas que le esperan cuando vuelva a España, con Teresa…?

Se le ha acabado el bourbon. Está sonando Purple Rain, le parece un temazo inmortal. Animado por la canción, gira la cabeza y echa una mirada a su alrededor. Se fija en un chico que está esperando en la cola del baño. Es joven y atractivo, tal vez esté soltero. Se pide dos chupitos de tequila y se los bebe de un tirón. Se pone en pie, y con paso firme se dirige al muchacho. Le besa, se besan. Cierra los ojos. Cierra muy fuerte los ojos. I only want to see you laughing in the purple rain… Le invade un deseo profundo. Se aparta asustado y retrocede corriendo hacia la puerta. Sale del local. De camino al hotel, con el frío de la ciudad atravesándole el cuerpo, se promete, como cada año, que a su regreso serán sus últimas tardes con Teresa.